By

Mario Rodriguez

Chat con un amigo durante la eterna conexión Aeroparque/Posadas: “¿Llevás repelente, en Misiones los mosquitos son como pterodáctilos?”. “Uy, no, me olvidé, pero compro, arriba hay un Farmacity”. Otro entretenimiento para mitigar la espera, pensé. La farmacia estaba llena, pero había tiempo. Después de comprar el Off en crema -los aerosoles solo pueden viajar en la bodega- encaré nuevamente para preembarque. Me llamó la atención la cantidad de gente y más aún, que la mayoría eran adolescentes. Coloridas vestimentas, gafas espejadas, hasta esquíes y tablas de snowboard. Julio, viaje de estudio, Bariloche, pensaba, deduciendo lo obvio. De pronto se produce una estampida, como la de los ñúes en el Serengueti (faltaba solo el rectángulo amarillo de Nat Geo), todos en la misma dirección: preembarque. Uff, la puta madre, a comerme una cola eterna. Pero estaba contento con mi repelente en la mochila. Se formaron larguísimas filas, y, como en el super, la de al lado avanzaba más rápido. Había tiempo, pero ya no sobraba. “Celular, abrigo y zapatos en la bandeja”, ordenó el dueño del scanner. Y repitió la orden como un loro, hasta que el chino, coreano o japonés que me antecedía, la entendió. En mi bandeja puse la campera, el cinto y las zapatillas con el celular adentro. Mientras me palpaban y explicaba que el chuf-chuf en el bolsillo era para el asma y no un arma de destrucción masiva, perdí de vista mis cosas. Campera, cinto, zapatillas, celular ¡celular! ¿celular? ¿celular? Fueron 3 segundos (no, más), hasta que la mano extendida del uniformado me señalaba el aparato en otra bandeja. Creo que sonreía. Pasado el momento de tensión, pero contento con mi repelente, me junté con los que serían mis compañeros de viaje, justo a tiempo.

Ya era noche cuando llegamos al soberbio “El Soberbio Lodge”. Solo hubo tiempo para la cena, luego, cama. A la mañana siguiente, muy temprano, salimos a recorrer uno de los senderos del hotel. Después de atravesar la tupida selva que rodea al edificio, llegamos a unos inmensos campos sembrados con una planta desconocida: “¿qué cultivan acá?” le pregunté al guía. “Citronella ¿o porqué pensás que no hay un mosquito en la zona?”

Apenas iniciamos el recorrido pensé -esta mina se va a mandar una cagada-, estaba totalmente convencido y se lo hice saber. Estamos en la pingüinera de la Estancia San Lorenzo, cerca de Puerto Pirámides. Miles de pingüinos han llegado a estas costas, como todos los setiembre. Los machos se adelantan e intentan ocupar los nidos que están cerca del mar, hay muchas peleas y es común ver pingüinos ensangrentados. Otros cavan pequeñas cuevas para anidar esperando a sus candidatas. El celoso guía nos indica un recorrido fuera del circuito tradicional. Se trata del exclusivo sector de alta densidad, que, claro está, tiene una gran cantidad de nidos muy juntos entre si. Lo recorremos en fila india haciendo todos los zig-zag necesarios para evitar una catástrofe.

En septiembre, los pingüinos machos son los primeros en llegar, ocupan los nidos de la temporada anterior o, construyen uno, en espera de las hembras. (Foto: Mario Rodriguez).

Pero ella, la fotógrafa italiana en busca del mejor ángulo en un descuido quedó en medio de tres nidos muy cercanos. Fue cuando le dije, -cuidado, estás rodeada-. Sonrió sin entenderme una palabra y siguió su camino sin hacer ningún daño y muy concentrada en sus fotos. Tan concentrada que no alcanzó a ver como mi pierna izquierda se hundía hasta la rodilla. Desesperado miré hacia abajo y al lado de mi pierna semienterrada emergía la cabeza ilesa pero atontada de un pingüino que me miraba sin entender nada. Como en estos casos, el último que querés que te vea, te ve. El guía, con cara de mal actor preocupado me preguntó si estaba bien. Preguntaba por el pingüino, claro.

1 16 17 18

GDPR