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Mario Rodriguez

La ciudad chubutense encabeza los Traveller Review Awards 2020, que elige a los destinos más amigables y hospitalarios, elaborado por la plataforma de búsqueda de viajes, Booking.com.

El Parque Nacional Los Alerces, el famoso tren patagónico La Trochita y el centro invernal La Hoya son algunos de sus atractivos más conocidos de Esquel, Trevelin y localidades vecinas en la provincia de Chubut, pero, como hay mucho más, te contamos lo que conocimos el último otoño para que agendes.

Naturaleza sustentable

Desde Esquel visitamos la reserva de montaña Huemules, el camino poblado por la baja vegetación de la estepa patagónica a medida que ascendemos se suman los ñires, y más arriba, las coloridas lengas del bosque andino.

Después de almorzar entre árboles y arroyos, iniciamos un trekking por el lugar, el recorrido atraviesa bosques, montañas nevadas y lagunas congeladas. Té con jengibre y otras “yerbas” en el punto más alto antes de pegar la vuelta.

Con la preservación de la naturaleza y la sustentabilidad como objetivo, Huemules ofrece alojamiento en domos geodésicos, más fuertes para resistir el clima patagónico, de menor impacto ambiental y con las comodidades de un cinco estrellas.

La caminata por la reserva Huemules incluye montañas nevadas y lagunas congeladas. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Un lugar para perderse

“El laberinto es una metáfora de la vida: representa la búsqueda de cada uno” nos cuentan Doris y Claudio, propietarios del Laberinto Patagonia que cuenta además, con una casa de té. Ubicado en el valle del río Epuyén, cerca de la localidad El Hoyo, se trata del laberinto más grande de Sudamérica con 8.000 metros cuadrados y más de dos kilómetros de senderos por recorrer. Tiene nueve puertas que, activadas alternativamente, pueden cambiar el recorrido de manera que cada visita es una experiencia única.

El Laberinto Patagonia se ubica en un entorno de ensueño en el valle del río Epuyén. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Refugio de paz

Los ventanales de la cabaña Maitén dejan ver el calmo río Futaleufú. La Estancia La Paz tiene una cuidada forestación y sus senderos por tramos se tornan oscuros por la sombra de los árboles. El predio tiene 3.000 hectáreas dedicadas a la agricultura y la ganadería, que también se aprovechan para cabalgatas, mountain bike, trekking y pesca con mosca.

Después de largas jornadas dedicadas a la actividad física, es el turno de la piscina climatizada, los saunas seco y húmedo, los jacuzzis y la ducha escocesa. El golpe final, costillar a la llama y las historias de la familia Massardi, propietaria del lugar.

Los reflejos de las montañas en el calmo río Futaleufú justifican el nombre de Estancia La Paz. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Parque patrimonio mundial

Desde Trevelin ingresamos a la Portada Centro del Parque Nacional Los Alerces, Patrimonio Natural de la Humanidad. Visitamos un alero con pinturas rupestres de antiguas poblaciones que habitaban la zona. A pocos kilómetros, una importante cascada se esconde entre la abundante vegetación. El camino nos lleva ahora hasta Puerto Limonao, sobre el lago Futalaufquen, desde donde parten las excursiones lacustres en el parque.

Muy cerca llegamos a la antigua Hostería Futalaufquen, construida por el arquitecto Alejandro Bustillo. Sombre la costa hay matas de rosa mosqueta, zarzamoras, hongos rojos con pintitas blancas y arrayanes.

Después de algunos kilómetros cruzamos la famosa pasarela sobre el río Arrayanes. Iniciamos la caminata al borde del río Menéndez, con aguas color esmeralda. Intentamos abrazar un inmenso coihue pero no nos dan los brazos. Cruzamos el bosque hasta el puerto Chucao, sobre el lago Menéndez, desde donde parten las embarcaciones hacia el alerzal milenario. Allí se encuentran el alerce abuelo y otros ejemplares de más de 2.000 años.

El regreso lo hacemos por la costa del lago Verde. Maitenes, cipreses, radales, ñires y lengas, entre otras especies, colorean el paisaje otoñal.

El resto del ranking

La lista de Booking.com se completa con El Chaltén y El Calafate de Santa Cruz, Cafayate en Salta, San José de Entre Ríos, Sierras de la Ventana y Chascomús de Buenos Aires, Villa La Angostura en Neuquén, Colón de Entre Ríos y Chacras de Coria en Mendoza.

En medio de una reserva natural, el resort Grand Palladium ofrece todo lo imaginable para disfrutar de unas vacaciones “todo incluido”.

Imbassaí era un pequeño pueblo de pescadores y agricultores. Sigue siendo pequeño –no más de 1.000 habitantes–, pero ahora, su actividad principal es el turismo. La inauguración de la ruta Linha Verde, que arranca en Praia do Forte, y la autorización del Gobierno brasileño a instalar el resort Grand Palladium dentro de la Reserva Imbassaí hicieron posible la transformación del lugar y de su gente. El lugar, a pesar de estar a solo una hora en auto -87 kilómetros- de Salvador, capital del estado de Bahía, conserva el encanto y la calma propia de los pequeños pueblos.

Ubicada entre Costa do Sauipe al norte y Praia do Forte al sur, Imbassaí tiene nueve kilómetros de anchas playas que garantizan tranquilidad y un mar cálido con oleaje óptimo para la práctica de deportes náuticos. En la arena –el ancho llega en algunos sectores a los cien metros- las cabalgatas son una de las actividades más elegidas. Los recorridos ofrecen una gran variedad de caminos que atraviesan enormes dunas, pantanos, lagunas y ríos, siempre rodeados de bastas zonas de vegetación y biodiversidad.

En invierno, en la zona, es posible avistar ballenas desde la costa.

El resort

El Grand Palladium Imbassaí Resort & Spa es complejo de villas, con tres restaurantes a la carta de comida brasileña, mediterránea y japonesa. Dos restaurantes bufetes. Once bares con la bebida del águila en todos. Cuatro piscinas y un parque acuático. Spa de vanguardia y un amplio programa de deportes. En fin, lo imaginable para poder hacer de todo y, también, nada.

Alojado en una de las villas del resort, los primeros días tengo que guiarme por los carteles para no perderme. Para llegar a la playa, distante a unos 600 metros, hay dos opciones: el “modo fiaca” incluye el transporte desde el hotel y el “modo activo”, una caminata por una pasarela elevada sobre la mata atlántica. Durante el corto trayecto se pueden observar iguanas, pájaros multicolores, monos tití y algún que otro turista practicando stand up paddle en el río Imbassaí. El último escollo es un pequeño morro de arena poblado de palmeras.

El Grand Palladium Imbassaí Resort & Spa ofrece todo lo imaginable para disfrutar de un destino, con el sistema “todo incluido”. (Foto: Grand Palladium Imbassaí) .

La playa cuenta con bares, restaurante y todo lo necesario para disfrutar del mar. Por la noche, hay luces bajas para no molestar a las tortugas marinas que anidan en la zona, una de las prácticas sostenibles comprometidas del hotel.

Piletas naturales y tortugas

10 kilómetros al sur de Imbassaí se encuentra Praia do Forte. Su calle principal, Alameda do Sol, es un adoquinado paseo peatonal lleno de pequeños restaurantes y coquetas boutiques que desemboca en la iglesia de San Francisco y en una pequeña bahía poblada por botes de diferentes calados pero igual de coloridos.

Para disfrutar del agua hay dos opciones: las playas de arena que dan al mar abierto y las piletas naturales que se forman en la zona de arrecifes durante la marea baja.

Praia Do Forte tiene un mar abierto con olas y las piletas naturales que se forman durante la marea baja. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Un paseo ideal en plan familiar es visitar el proyecto Tamar. Se trata de un santuario dedicado a la protección de las tortugas marinas y otras especies acuáticas comotiburones y rayas. Con clara visión ecológica y social, esta ONG integra a la comunidad local. “Los mismos pescadores que juntaban huevos de tortuga para comerlos hoy trabajan protegiendo sus nidos”, comenta el guía.

Un día en la Capi

Favelas, morros selváticos y barrios tradicionales ocupan Salvador, la capital del estado de Bahía, poblada por 3 millones de habitantes. En sus plazas y en las calles del casco antiguo se concentran bailarines de capoeira, vendedores ambulantes, estudiantes y turistas formando un conglomerado de lo más heterogéneo. De las puertas coloridas de las casas coloniales se asoman las mujeres con sus trajes típicos, prestas para la selfie a cambio de algún real.

La Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim es el templo católico en el que se distribuyen las famosas Fitinhas de Bonfim, souvenir y amuleto típico de la ciudad. Estas cintitas se atan en la reja que rodea el edifico (o en la muñeca a manera de pulsera) con tres nudos, uno por cada deseo que, dicen, se cumplen cuando la cinta se desgasta y se corta sola.

En el casco histórico, es imperdible el barrio Pelourinho. Su bien preservada arquitectura colonial barroca portuguesa forma parte del Patrimonio Histórico de la Unesco. Su nombre viene de “picota” en castellano, ya que había una en el medio de la plaza principal para el castigo de los esclavos.

El barrio de Pelourinho, ubicado en el casco histórico de Salvador, es una visita obligada. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

El elevador Lacerda, con 72 metros de altura, conecta la Ciudad Alta con la Ciudad Baja. La parte alta es un punto panorámico desde donde se puede ver la bahía de Todos los Santos y el Mercado Modelo.

Otro lugar que merece la visita es el fuerte del Monte Serrat. Sus torres ofrecen historia y vistas únicas de la ciudad y la playa del Buen Viaje.

Cuando el día termina

Del ritmo frenético de la gran capital a los tranquilos senderos del hotel. La convocatoria es para ver la puesta del sol. De espalda al mar se disponen camas, hamacas paraguayas y columpios, y se distribuyen cartas de tragos. El sol se pone sobre la selva y todo se tiñe lentamente de naranja. Otro día termina en lo que, supongo, se debe parecer al paraíso.

A más de 4.000 msnm la Reserva Provincial laguna Brava, es un paraíso oculto en la cordillera riojana.

La laguna, de 17 kilómetros de largo, tiene aguas azules y turquesas con playas de grava y sal. Rodeada de volcanes con sus cumbres nevadas y cientos de flamencos, con sus picos hundidos en el agua salobre en busca de alimento, que no se inmutan con nuestra presencia. Es el principal atractivo de la reserva provincial que ocupa 405.000 hectáreas, creada en los 80, para preservar las comunidades de guanacos y vicuñas. El lugar, también fue declarado Sitio Ramsar, título que se les otorga a algunos lugares, de importancia internacional, para resguardar la vida de sus ecosistemas.

La Reserva Provincial Laguna Brava se creó para preservar las comunidades de guanacos y vicuñas. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Pero para llegar hasta acá, el día empezó muy temprano, con desayuno liviano, por el apuro y por la altura a la que llegaríamos unas horas más tarde.

Atravesamos la localidad de Vinchina y su monumento al arriero cordillerano. Continuamos en ascenso por la Quebrada de la Troya, en donde el camino copia el cauce del Bermejo entre formaciones montañosas rojas y coirones amarillos. El recorrido ofrece dos rarezas al lado de la ruta: La Pirámide, que es un perfecto triángulo enclavado en la montaña y, al frente, el Mirador de la Herradura, en donde el río rodea un gran peñasco en forma de U para seguir el curso paralelo a si mismo.

En la Quebrada de la Troya encontramos dos rarezas como La Pirámide. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

En Alto Jagüé, la última población antes de la reserva. Las casas de adobe se construyeron sobre las márgenes del cauce socavado de un río seco -que a su vez es la calle principal- de manera que las construcciones se ubican hasta dos metros por encima de la calzada. Algunas de ellas han recibido intervenciones artísticas, sumando color al barro seco. Además, es la parada gastronómica obligada, antes de emprender el último tramo del viaje. Aquí, las artífices cordilleranas -según Facebook- hacen que el adjetivo “casero” cobre el mayor de los sentidos. Sus empanadas, panes rellenos y tortas fritas, son “la gloria”. Tienen también una farmacia de yuyos andinos para cualquier dolencia.

Las artífices cordilleranas ofrecen sus empanadas, panes rellenos y tortas fritas, evidentemente caseras. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

De nuevo en la ruta, a un costado puede verse una construcción circular de piedra. El Refugio del Peñón está ahí desde 1873. El entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento, hizo construir 14 similares, para los arrieros que llevaban su ganado desde o hacia Copiapó, Chile.

Los refugios de piedra en forma circular eran utilizados por los arrieros que llevaban su ganado desde o hacia Chile. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

El paisaje se modifica a medida que ascendemos, la vegetación prácticamente desaparece y las montañas se redondean –parecen de terciopelo- y se tiñen de verdes, azules, violetas, grises, marrones y naranjas, según el mineral que contengan.

Sobre los 4.350 msnm iniciamos el descenso hacia un gran valle, también desciende la temperatura. De pronto, la laguna se muestra y crece la ansiedad. El viento hace que bajarse del vehículo sea todo un desafío. O sacude fuertemente las puertas o impide que se abran. De todos modos, bajamos y corremos como niños hasta el borde salino.

En este entorno desolado, quieto y, extremadamente silencioso, los únicos que mueven la foto son los flamencos. La temperatura cae y el viento invita a la retirada pero… la laguna es más fuerte.

Dicen que las playas de Las Grutas son las mejores de Argentina, en sus alrededores, hay varias más por descubrir.

El cambiante entorno costero de la región sigue el comportamiento del mar. Las mareas diferencian los paisajes como si se tratase de dos lugares distintos. Incluso tienen influencia directa con uno de los atractivos de la zona: la temperatura del agua. Durante la bajamar, el sol calienta el lecho marino, el calor acumulado se transfiere a la masa de agua que ingresa durante las horas de pleamar, provocando que sean más cálidas que en otras playas de la costa argentina.

Las Grutas

Para acceder a las playas de esta ciudad hay que bajar escaleras o rampas denominadas bajadas numeradas del cero al siete. Las famosas grutas, que le dan nombre al lugar, están en la bajada uno, la más céntrica y concurrida. Incluye música constante y por la tarde, multitudinarias clases de zumba. De la bajada tres parten las excursiones en gomones y las clásicas bananas. La cuatro y cinco son ocupadas por los más jóvenes. La seis y siete para los que buscan alejarse del bullicio y sentarse en la arena con los codos en las rodillas a mirar el atardecer.

La bajada uno, en Las Grutas, para los que no quieren desconectarse del ritmo de ciudad. (Foto: Mario Rodriguez).

Piedras Coloradas

Para alejarse de la congestión de sombrillas pero, con paradores y servicios, a poco más de cuatro kilómetros hacia el sur de la ciudad, se encuentra Piedras Coloradas. Este balneario tranquilo y con amplias playas, debe su nombre a las formaciones rocosas de color rojizo que crean un ambiente casi lunar. En la zona también hay médanos en donde es posible practicar sandboard. Se puede llegar a pie por la costa, durante la marea baja, o en auto por un camino en buen estado.

Muy cerca de Las Grutas, Piedras Coloradas, ofrece paradores y servicios lejos del bullicio. (Foto: Mario Rodriguez).

El Buque

Para una desconexión total, la playa El Buque, a ocho kilómetros al sur de Las Grutas, tiene inmensas superficies de arena y muy poca gente para compartirlas. Su nombre se debe a una formación rocosa que queda expuesta durante la bajamar y se asemeja a un buque. Siempre queda agua atrapada entre las rocas, ideal que los más chiquitos chapoteen. Para disfrutar un día al aire libre pero, como no existen paradores ni kioscos en la zona, hay que llevar todo lo necesario.

Sin paradores ni kioscos, El Buque, es lo más parecido a una playa virgen en la zona. (Foto: Mario Rodriguez).

Las Conchillas

A 60 kilómetros de Las Grutas, antes de ingresar a San Antonio Este, la franja costera se tapiza de millones de conchas marinas que generan una interminable playa blanca. Son kilómetros y kilómetros de un paisaje blanco que resalta el turquesa de las aguas del mar. En el lugar se estacionan suntuosos motorhomes y casillas rodantes. Carpas, toldos, sombrillas y todo lo necesario para cubrirse del sol son imprescindibles, la sombra es prácticamente inexistente. Hay paradores con buena gastronomía.

Millones de fragmentos de conchas marinas hacen de la Las Conchillas una playa muy particular. (Foto: Mario Rodriguez).

Punta Perdices

En Punta Perdices el mar ingresa tierra adentro cientos de metros y genera una pequeña bahía –abrigada del viento- de aguas cristalinas y calmas sobre el inmenso colchón de conchillas. Para acceder a “Caleta Falsa”, como también se la conoce, se ingresa por el Puerto San Antonio Este –a 60 kilómetros de Las Grutas- y se avanza por la costa unos dos kilómetros.

Temporadas atrás, este paraíso escondido era visitado solo por lugareños. Su fama crece verano a verano, y las sombrillas, cada vez más cerca entre ellas. Llevar todo lo necesario para pasar el día y mucho protector solar.

Punta Perdices es un paraíso escondido que cada verano convoca a más visitantes. (Foto: Mario Rodriguez).
Llegada al lago Fagnano en la Excursión en vehículos 4x4, Ushuaia

Desde el fin del mundo nos sacudimos de lo lindo recorriendo caminos alternativos para conocer los lagos Fagnano y Escondido.

Arrancamos el día a bordo de la Defender 4×4 que, equipada con pico, pala y motosierra, prometía “movidas” experiencias de viaje. Durante el recorrido por la Ruta Nacional 3, nos acompaña el río Olivia, donde se rodaron algunas escenas de El renacido. Después de recorrer 60 kilómetros, llegamos al mirador del Paso Garibaldi, a 450 msnm, desde donde observar los lagos Escondido (cuando está despejado) y Fagnano. Durante el tiempo que estuvimos foteando semejante panorama, el caprichoso clima fueguino nos regaló una fugaz nevada, seguida de una llovizna hasta despejarse con el sol a pleno. El lugar es el punto más alto del cruce de la cordillera, de manera que iniciamos el descenso hasta llegar a los aserraderos en donde abandonamos el asfalto.

El Fagnano es un gran lago que compartimos con la república de Chile. (Foto: Mario Rodriguez).

Caminos difíciles, lagos y castores

Comenzamos la travesía offroad por caminos alternativos hasta adentrarnos en el bosque fueguino. Allí, la presencia de los castores se hace evidente. Durante la década del 40, se introdujeron desde Canadá, 20 parejas de estos roedores para impulsar la industria peletera. Con el tiempo se dan cuenta que el pelo no sirve y, sin depredadores, los animales se han transformado en una verdadera plaga que causa grandes daños al bosque nativo.

En la zona se pueden avistar, entre otras especies, a los carpinteros gigantes. (Foto: Mario Rodriguez).

“Somos cuatro. Si nos encajamos, ella maneja y los tres hombres pechamos”, avisa el piloto/guía, sin feministas a la vista que lo reten. Pero no es necesario, el camino, que por sectores nos sacude de lado a lado del vehículo, nos lleva directamente al lago Fagnano. Este impresionante espejo de agua  tiene 104 km de largo -13,5 km se encuentran en territorio chileno- y una profundidad máxima de 200 metros. Después de recorrer parte de su costa, reingresamos al bosque, donde iniciamos el trekking que nos llevará hasta el refugio frente al lago Escondido.

Después de la travesía en 4×4, un corto trekking nos lleva hasta el refugio frente al lago Escondido. (Foto: Mario Rodriguez).

Para reponer energías

Arden los chulengos y corre el buen vino patagónico. Se suman algunos extranjeros que llegaron en otra excursión y se mezclan los idiomas. Pulgar para arriba a la hora de evaluar la carne.

Después del asado, una pareja de zorros grises nos visita mientras el repetido toc-toc de los carpinteros gigantes le pone banda de sonido a un viaje inolvidable.

Ushuaia en verano, Tierra del Fuego. Argentina

Para viajar por Argentina está bueno empezar de abajo (del mapa) y Ushuaia ofrece además de lugares de ensueño, una gran variedad de actividades al aire libre para disfrutar del fin del mundo.

Aterrizar en el aeropuerto de Ushuaia no suele ser de las experiencias de viaje que podemos definir como “tranquilas”, los vientos cruzados suelen sacudir el avión pero, ante esta situación, la solución es asomarse a la ventanilla y observar, la vista hará olvidar de todo lo que ocurra alrededor.

Ushuaia es la única ciudad de Argentina que para llegar a ella, hay que cruzar la cordillera. Ocurre que la cadena montañosa corre miles de kilómetros paralela al océano Pacífico y en Tierra del Fuego cambia su curso desviándose hacia el Atlántico.

Durante la década del ’80, una ley de promoción Industrial hizo que llegara gente de todo el país a instalarse en la zona, por lo que Ushuaia tuvo un crecimiento rápido, aunque también desordenado, entre la cadena montañosa del Martial y el Beagle.

El faro Les Eclaireurs es el punto más lejano del paseo en catamarán por el Beagle. (Foto: Mario Rodriguez).

Habitante del canal

La costanera que bordea el centro de la ciudad es un buen lugar para tener el primer contacto con el fin del mundo, allí cohabitan el cartel corpóreo en donde tomarse fotos para certificar la visita, una gran variedad de aves que transformaron este territorio urbano en su hábitat natural y una de las clásicas postales turísticas de la ciudad: el remolcador Saint Christopher. Se trata de un barco que participó en el desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a estas aguas en 1953 para tratar de reflotar el crucero Monte Cervantes, que había naufragado en 1930. La misión resultó un fracaso y, por los daños causados en su motor y timón durante las maniobras, encalló en el lugar en donde está hoy.

Lejos de las bombas, el viejo barco de guerra es un habitante más de la bahía y el cobijo para las distintas especies de aves que hacen sus nidos en su gastada estructura.

Navegación por el canal de Beagle

En la excursión por el Beagle, a bordo de un catamarán, se observa como el perfil de la ciudad con los imponentes montes Olivia y Cinco Hermanos a su espalda, se reflejan en las aguas heladas del canal.

Después de un corto recorrido, la embarcación llega a la Isla de los Pájaros en donde se pueden avistar cormoranes reales, gaviotas, ostreros, palomas antárticas e incluso cóndores, asentados en los peñascos más altos.

El circuito lleva luego hasta la Isla de los Lobos, con un importante asentamiento de lobos marinos de uno y dos pelos.

En la Isla de los Lobos puede verse gran parte de la fauna marítima de la zona. (Foto: Mario Rodriguez).

El punto más lejano del viaje es el faro Les Eclaireurs –al que no hay que confundir con el Faro del Fin del Mundo, que se encuentra en la Isla de los Estados–. Esta es “la postal” del lugar, no has visitado Ushuaia si no volvés con la selfie del faro detrás.

La isla Mary Ann, que forma parte del archipiélago de las islas Bridges, es última parada de esta excursión en donde, cuando el clima lo permite, se desembarca y se realiza un corto trekking.

Trekking a la Laguna Esmeralda

A 20 kilómetros de Ushuaia, en el Valle de Tierra Mayor, se encuentra la laguna Esmeralda, otro de los imperdibles de la zona que atrae a visitantes de todo el mundo.

Trekking a la laguna Esmeralda, Ushuaia
Para llegar a la Laguna Esmeralda hay que atravesar bosques, turbales y arroyos. (Foto: Mario Rodriguez)

El complejo Valle de Lobos es uno de los lugares desde donde se puede iniciar el trekking de baja dificultad que atraviesa bosques de lengas, turbales, castoreras y numerosos arroyos rodeados por montañas y picos nevados. Después de nueve kilómetros que pasan volando se accede a la laguna Esmeralda y sus aguas quietas que le hacen honor a su nombre.

La laguna Esmeralda se encuentra en el Valle de Tierra Mayor cerca de Ushuaia
La Laguna Esmeralda puede verse, recién en los últimos tramos del recorrido. (Foto: Mario Rodriguez)

Cruce de los Andes en 4×4 (y remos)

Para esta actividad que dura casi todo el día se recorren unos 60 kilómetros hacia el norte de la isla por la serpenteante Ruta Nacional 3, hasta el punto más alto del recorrido, a 450 msnm, y parada obligada: el Paso Garibaldi desde donde se observa el lago Fagnano y, si el clima lo permite, el Escondido (de ahí su nombre). Se inicia el descenso y los últimos kilómetros de asfalto entre aserraderos.

Vista del lago Fagnano y lago Escondido desde el Paso Garibaldi.
Desde el Paso Garibaldi pueden verse los lagos Fagnano y Escondido. (Foto: Leonard Zhukovsky/123RF)

Después de abandonar la ruta, comienza la adrenalina del 4×4 recorriendo “caminos” con barro y agua hasta desembocar en la costa del lago Fagnano. Luego se hace un corto trekking por el bosque hasta un refugio frente al Lago Escondido en donde se reponen energías con asado y un buen malbec. Finalmente, divididos en parejas, se abordan las canoas para navegar por el lago.

Crónica completa de la excursión CRUCE DE LOS ANDES EN 4X4

Otros recorridos recomendados

El Parque Nacional Tierra del Fuego, a 12 kilómetros de Ushuaia, es una reserva natural con 63.000 hectáreas que combina los entornos marinos de las costas del Canal de Beagle con los valles poblados de bosques, lagos, turberas y montañas, en donde habita una gran variedad de aves marinas además de una rica fauna autóctona.

El Trekking al glaciar Martial es una caminata de baja dificultad que puede hacerse en medio díahasta el famoso glaciar y el mirador de Ushuaia, con increíbles vistas de la ciudad y del canal de Beagle y sus numerosas islas.

Ushuaia para veranear

El día comienza a las 5 de la mañana y la puesta del sol es a las 22. Muchas horas para caminar, navegar y descubrir el fin del mundo.

Meia Praia, Itapema, Brasil. El sol se despierta y sube. La desierta playa cede arena a sombrillas, gacebos, reposeras, esterillas con culos, conservadoras y vendedores ambulantes. Es el momento de tomar sol, leer y relajarse. Las actividades deportivas están vedadas hasta las 19hs. La “fiscalizazao”, un cuerpo de élite y chaleco azul, recorre el lugar reprimiendo cada intento de pegarle a una pelota, sea cual fuere el tamaño de la misma, incluso el deporte extremo del tejo, está prohibido hasta bien entrada la tarde. Pero el sol se cansa y cae. El paisaje cambia. Y cambian los personajes.

Al atardecer, en las playas de Itapema, el fútbol es un ritual ineludible. (Foto: Mario Rodriguez).

No recuerdo bien cuando lo ví por primera vez. Con mi reposera semienterrada y a contraluz, su silueta me pareció la de un gigante esgrimiendo sus poderosas armas. Estaba parado en medio de la playa que empezaba a despejarse, y su larga sombra agregaba dramatismo a la imagen. Más extraño fue ver como, por algún poder hipnótico, los muchachos se acercaban a él como zombies. Me incorporé decididamente a buscar otra Skol y a averiguar que pasaba. Las poderosas armas eran en realidad, caños de PVC con sus respectivos codos, y el gigante armaba los arcos y los zombies se dividían para empezar el partido.

Muy cerca de esta ciudad se realizan paseos a caballo, una actividad imperdible para conectarse con la naturaleza y conocer las sierras bien de adentro.

Desde el puesto Quinceana, ubicado a 4 kilómetros de La Falda, en la Pampa de Olaen, parten las cabalgatas de medio día, día entero y las travesías de dos días. Los circuitos incluyen ríos, arroyos, trepadas y bajadas, senderos entre espinillos, pampas polvorientas y todo el combo que las sierras de Punilla pueden ofrecer.

“El setenta por ciento de las personas que participan en mis cabalgatas y travesías son mujeres”.

Sebastián Herrero.

Sebastián Herrero, guía matriculado en turismo alternativo y propietario del lugar, recibe a los visitantes con mates y pan casero. Hace seis años, las luces amarillas en su salud le pidieron un cambio y decidió dejar el estrés de su negocio de alarmas en la capital cordobesa, para instalarse en medio de las sierras. De boina, barba larga y bombacha, baja, como indica la moda, comenta sobre los inicios en la actividad, “alquilar caballos por hora no me cerraba, sabía que tenía que encontrar un diferencial, ofrecer algo distinto”. Entonces diseñó circuitos atractivos para recorrer a caballo, se animó a los recorridos largos, le sumó la mateada, el asado y fundamentalmente, la buena onda. Hoy, agota rápidamente las “monturas” cada vez que anuncia una travesía.

“A mis caballos los conozco mucho más que a ustedes” se sincera Seba a la hora de distribuir los animales, entonces, cada jinete adopta el nombre de su caballo. Así, yo soy Río, la jovencita de Santa Fe, Chocolate, el señor de Villa María, Piquín, etc. etc. Una vez montados, el tutorial de manejo incluye las nociones básicas: arrancar, doblar, frenar y las distintas posiciones frente a las irregularidades del terreno. Se abre la tranquera y en fila india iniciamos el recorrido, los perros África y Copito se suman al grupo sin respetar el orden, se adelantan, se pierden entre los espinillos, y se reincorporan totalmente mojados, el arroyo cercano les sirve para refrescarse del sol que ya “pica”. Seba tampoco respeta su lugar, recorre la hilera, charla y controla que todo esté bien, se aparta del sendero y trepa el cerro para lograr un mayor panorama e inicia un Facebook live. Este gaucho con wifi sabe lo que hace, disfruta y juega como un niño durante el paseo y contagia.

Después de dos horas de recorrido llegamos a Puesto Viejo. Mientras la caballada descansa a la sombra de la arboleda, en la orilla del río cercano circulan dos mates, a uno de ellos -a pesar de no estar bien visto-, se le puede agregar azúcar. Se suceden las charlas y las anécdotas hasta que nuestro anfitrión anuncia que hay que volver. Revisa y ajusta cada cincha antes de comenzar el regreso. Sopla una brisa que alivia el calor y permite disfrutar aún más del panorama. Los caballos aceleran el paso, saben que la jornada llega a su fin. A esta altura, Seba ya sabe los nombres de cada jinete.

Mateada y charla a orilla del arroyo con muy buena compañía. (Foto: Mario Rodriguez).

Chat con un amigo durante la eterna conexión Aeroparque/Posadas: “¿Llevás repelente, en Misiones los mosquitos son como pterodáctilos?”. “Uy, no, me olvidé, pero compro, arriba hay un Farmacity”. Otro entretenimiento para mitigar la espera, pensé. La farmacia estaba llena, pero había tiempo. Después de comprar el Off en crema -los aerosoles solo pueden viajar en la bodega- encaré nuevamente para preembarque. Me llamó la atención la cantidad de gente y más aún, que la mayoría eran adolescentes. Coloridas vestimentas, gafas espejadas, hasta esquíes y tablas de snowboard. Julio, viaje de estudio, Bariloche, pensaba, deduciendo lo obvio. De pronto se produce una estampida, como la de los ñúes en el Serengueti (faltaba solo el rectángulo amarillo de Nat Geo), todos en la misma dirección: preembarque. Uff, la puta madre, a comerme una cola eterna. Pero estaba contento con mi repelente en la mochila. Se formaron larguísimas filas, y, como en el super, la de al lado avanzaba más rápido. Había tiempo, pero ya no sobraba. “Celular, abrigo y zapatos en la bandeja”, ordenó el dueño del scanner. Y repitió la orden como un loro, hasta que el chino, coreano o japonés que me antecedía, la entendió. En mi bandeja puse la campera, el cinto y las zapatillas con el celular adentro. Mientras me palpaban y explicaba que el chuf-chuf en el bolsillo era para el asma y no un arma de destrucción masiva, perdí de vista mis cosas. Campera, cinto, zapatillas, celular ¡celular! ¿celular? ¿celular? Fueron 3 segundos (no, más), hasta que la mano extendida del uniformado me señalaba el aparato en otra bandeja. Creo que sonreía. Pasado el momento de tensión, pero contento con mi repelente, me junté con los que serían mis compañeros de viaje, justo a tiempo.

Ya era noche cuando llegamos al soberbio “El Soberbio Lodge”. Solo hubo tiempo para la cena, luego, cama. A la mañana siguiente, muy temprano, salimos a recorrer uno de los senderos del hotel. Después de atravesar la tupida selva que rodea al edificio, llegamos a unos inmensos campos sembrados con una planta desconocida: “¿qué cultivan acá?” le pregunté al guía. “Citronella ¿o porqué pensás que no hay un mosquito en la zona?”

Apenas iniciamos el recorrido pensé -esta mina se va a mandar una cagada-, estaba totalmente convencido y se lo hice saber. Estamos en la pingüinera de la Estancia San Lorenzo, cerca de Puerto Pirámides. Miles de pingüinos han llegado a estas costas, como todos los setiembre. Los machos se adelantan e intentan ocupar los nidos que están cerca del mar, hay muchas peleas y es común ver pingüinos ensangrentados. Otros cavan pequeñas cuevas para anidar esperando a sus candidatas. El celoso guía nos indica un recorrido fuera del circuito tradicional. Se trata del exclusivo sector de alta densidad, que, claro está, tiene una gran cantidad de nidos muy juntos entre si. Lo recorremos en fila india haciendo todos los zig-zag necesarios para evitar una catástrofe.

En septiembre, los pingüinos machos son los primeros en llegar, ocupan los nidos de la temporada anterior o, construyen uno, en espera de las hembras. (Foto: Mario Rodriguez).

Pero ella, la fotógrafa italiana en busca del mejor ángulo en un descuido quedó en medio de tres nidos muy cercanos. Fue cuando le dije, -cuidado, estás rodeada-. Sonrió sin entenderme una palabra y siguió su camino sin hacer ningún daño y muy concentrada en sus fotos. Tan concentrada que no alcanzó a ver como mi pierna izquierda se hundía hasta la rodilla. Desesperado miré hacia abajo y al lado de mi pierna semienterrada emergía la cabeza ilesa pero atontada de un pingüino que me miraba sin entender nada. Como en estos casos, el último que querés que te vea, te ve. El guía, con cara de mal actor preocupado me preguntó si estaba bien. Preguntaba por el pingüino, claro.

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