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Sudamérica

La hermana poco conocida de Machu Picchu, comparte con esta la estructura arquitectónica pero, debido a lo remoto y exigente del viaje, Choquequirao es aún muy poco visitada por los turistas.

Choquequirao significa “cuna de oro” en quechua y por ser uno de los asentamientos incas más remotos en los Andes peruanos, se necesitan dos días de una exigente caminata para llegar. Se ubica en la cordillera de Vilcabamba a 3.050 metros sobre el nivel del mar y en la cima del cañón del río Apurímac, el más profundo de América, y con el nevado Salkantay, de 6.271 metros, a su espalda.

Existen varias especulaciones sobre su la historia y el papel de esta antigua ciudad en el mundo inca, puede haber sido una residencia real de Túpac Yupanqui; un centro administrativo y ceremonial, nexo entre el Cuzco y el Amazonas o, incluso algunos historiadores señalan a Choquequirao como el último refugio de los incas antes de que su imperio fuera destruido por los españoles.

(Foto: Rafal Cichawa/ 123RF).

Los arqueólogos calculan que este complejo arqueológico, además de estar muy bien conservado, es dos o tres veces más grande que el de Machu Picchu y que solo un 40 por ciento de su superficie está explorada y expuesta. Existen distintos proyectos para explotar masivamente el lugar. Uno de ellos impulsa la construcción de un teleférico en todo el valle para llevar a las ruinas a 3.000 visitantes diarios en un viaje de pocos minutos. Por lo tanto, para evitar las masas de turistas venideras hay que apurarse para ser uno de los treinta viajeros diarios que visitan esta antigua ciudad inca.

¿Cómo llegar a la antigua ciudad?

En Cusco se pueden contratar los tours hacia Choquequirao, en el caso de hacerlo por cuenta propia, primero hay que ir hasta el pequeño pueblo de Cachora, a 165 kilómetros de Cusco (unas 5 horas de viaje en bus), allí se pueden alquilar caballos y, por una cantidad más que razonable, un guía.

La caminata comienza con el descenso de unos 1500 metros hacia el cañón del Apurímac, para luego acampar y pasar la primera noche en Playa Rosalina. Al día siguiente se cruza el río para iniciar el ascenso entre cactus y senderos polvorientos, a medida que se gana altura el paisaje suma vegetación y se torna selvático hasta llegar a Marampata, sede del parque arqueológico y la puerta de entrada a las ruinas, allí se pasa la segunda noche para acceder temprano a la ciudad inca de Choquequirao.

El yacimiento arqueológico ocupa tres cerros y tiene doce sectores (algunos todavía enterrados), en torno a la gran plaza se encuentran numerosas edificaciones: templos, plataforma ceremonial, edificios administrativos y construcciones de dos pisos. Como es común en las los poblados incas, Choquequirao cuenta con el sistema de terrazas con canales de agua, para el uso agrícola de las laderas de los cerros y en sus andenes se observan las figuras de piedra conocidas como las “Llamas del Sol”

Definitivamente llegar a Choquequirao no es fácil, pero esta silenciosa (por ahora) ciudadela, escondida entre la naturaleza salvaje, recompensa cualquier esfuerzo.

(Foto: Daniel/ 123RF).

Recomendaciones para la caminata a Choquequirao

-Por el mal de altura se aconseja aclimatarse en Cusco al menos un día antes de hacer la caminata.

– Se recomienda tener una adecuada preparación física.

– Se aconseja empezar las caminatas muy temprano para evitar el calor.

– Indispensables: bloqueador solar, repelente de insectos, gorro o sombrero, zapatos adecuados, guantes para el frío, ropa de repuesto, botella de agua, snacks y medicinas de primeros auxilios.

La capital ecuatoriana y sus alrededores ofrecen diversos atractivos para descubrir en varios días: el centro histórico mejor conservado de América, gastronomía típica, volcanes, selvas y páramos.

La primera actividad en Quito fue participar de una cooking class. En una casa colonial, con patio interno lleno de macetones con plantas y flores, el chef Edwin Yambay dirige su restaurante Altamira. Los participantes, con la ayuda del chef, elaboramos nuestra comida lo que resultó una gran experiencia. Conocimos las técnicas y los ingredientes, muchos de ellos desconocidos en Argentina, que rescata la cocina tradicional ecuatoriana. Hay 200 variedades de papa en Ecuador, a chola es la que se utiliza para el locro quiteño. El plátano verde, de consistencia más dura, se come frito en trozos aplanados llamados patacones o tostones. Considerado como la cuna del cacao, El país lo exportó desde siempre como materia prima, hoy gana premios internacionales en la industria de los chocolates finos.

Siguiente paso, recorrer el casco histórico de Quito, uno de los más grandes y mejor conservados de América, Patrimonio de la Humanidad. Las angostas calles hechas con piedra volcánica nos llevan hasta la Plaza Grande, sitio de reunión de los quiteños. Centro político e histórico, en el centro se levanta el monumento a los Héroes de la Independencia y, alrededor, el Palacio de Gobierno, el Palacio Arzobispal, la alcaldía y la Catedral.

Casi toda población de Ecuador –un 95%- profesa la religión católica. Por eso es natural que sus más de 50 iglesias sean visitadas casi a diario por feligreses y turistas. En el circuito religioso se destacan, entre otras, la Compañía de Jesús, de estilo barroco español y un interior decorado en madera tallada recubierta en láminas de oro. Por otra parte, la monumental Iglesia de San Francisco, con su larguísima fachada y una gran explanada al frente –otro lugar de reunión de locales y palomas–, ocupa más de tres hectáreas: es la obra arquitectónica religiosa más grande de Latinoamérica.

Pájaros rojos

Todavía está oscuro en la mañana cuando emprendemos el camino hacia el norte, al Bosque Nublado. A poco de dejar la capital, el paisaje cambia por completo. El recorrido transcurre entre montañas y la vegetación se hace exuberante. Un camino angosto nos lleva hasta Paz de las Aves.

En una barranca que mira al bosque se ubica el refugio con turistas ansiosos por avistar, fundamentalmente, al gallito de la peña. Ángel se acerca al filo y emite sonidos. “Él se comunica con las aves: imita sus cantos y las llama por sus nombres”, comenta Vinicio Paz, administrador de la reserva. Las exóticas aves de contrastante plumaje rojo se acercan y se posan en los árboles cercanos. Comienza la agitación por lograr la mejor vista, la mejor foto. Alguien se aventura fuera del refugio para buscar una mejor ubicación. El reto es instantáneo y en voz baja. Las aves se alejan, y vuelta a empezar.

(Foto: Mario Rodriguez).

El desayuno, servido en un deck cercano, incluye el bolón de verde, otro de los típicos platos que tienen al plátano verde como protagonista. Alrededor todo es movimiento: colibríes, ardillas y aves coloridas van y vienen por el lugar.

Al llegar a Bellavista todavía faltan dos horas para el almuerzo, el tiempo justo para recorrer unos de los senderos del complejo. El circuito empieza frente a un nutrido grupo de “americanos” que gatillan y gatillan a cientos de colibríes que se acercan a los comederos.

Más que una experiencia exclusiva para “pajareros”, recorrer el Bosque Nublado es un pasaporte a uno de los ecosistemas más ricos del mundo, en donde se desarrolla una gran diversidad de plantas y animales. Al volver, agotado y feliz, los “americanos” siguen en el mismo lugar llenando tarjetas de memoria.

Desde la altura

Un teleférico nos lleva al volcán Pichincha: en pocos minutos subimos hasta los 4.000 metros sobre el nivel del mar. Tanto en el recorrido como en la cima, el panorama de la ciudad –y, en un día despejado, el perfil de la cordillera con los nevados Cayambe, Antisana y Cotopaxi– transforma a esta actividad en una experiencia muy recomendable. Una breve caminata nos conduce hasta las hamacas que permiten “columpiarse sobre Quito”. Hay que llevar abrigo, porque la temperatura baja drásticamente.

(Foto: Mario Rodriguez).

Basta levantar la vista desde cualquier punto de la ciudad para observar sobre la loma El Panecillo a la virgen alada. La Virgen de El Panecillo se ubica a 3.000 metros sobre el nivel del mar y fue “armada” con 7.400 piezas de aluminio. Con 36 metros de altura, es una de las imágenes más elevadas del mundo –más, incluso, que el Cristo Redentor en Río–.

(Foto: Mario Rodriguez).

La mitad del mundo

Si uno no fue al monumento Mitad del Mundo y se sacó una foto con un pie en cada hemisferio con la línea amarilla al medio, no visitó Quito. En 1736, un grupo de franceses aseguró que este era el centro geodésico del mundo. Más acá en el tiempo, GPS mediante, se determinó que la verdadera mitad del mundo estaba unos metros más allá, en Intiñán.

En el museo Intiñán se pueden experimentar con juegos didácticos los efectos de la latitud 0, la línea ecuatorial. Ahí, un huevo se para en la cabeza de un clavo, el agua de un lavatorio al sacar el tapón gira para uno u otro lado dependiendo de si está en el hemisferio sur o en el norte y, si uno se para en la línea ecuatorial, puede comprobar que pesa un kilo menos (en la parte más ancha del planeta, la fuerza de gravedad es menor).

(Foto: Mario Rodriguez).

En otra sección del museo se pueden apreciar las costumbres de los pueblos de la región, como los waorani que habitaban la Amazonia o los shuar, conocidos por su tradición de reducir cabezas.

La Capilla del Hombre

Dentro de este imponente espacio arquitectónico se exponen las obras del destacado pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. Divididas en las series de el llanto, la ira y la ternura, el artista retrata el sufrimiento, las luchas y los logros del pueblo latinoamericano. Fue declarado por la Unesco como “prioritario para la Cultura”.

“Mi pintura es de dos mundos. De piel para adentro es un grito contra el racismo y la pobreza; de piel para fuera es la síntesis del tiempo que me ha tocado vivir”.

(Foto: Mario Rodriguez).

En 2002 se inauguró su obra más importante, el espacio arquitectónico “La Capilla del Hombre”, el cual Guayasamín murió sin ver finalizado.

Sus cenizas descansan bajo el denominado “Árbol de la Vida”, un pino plantado por el mismo artista en la casa en que vivió sus últimos 20 años, dentro de una vasija de barro.

En un tranquilo ambiente familiar, el balneario uruguayo tiene kilómetros de playas, altos cerros y lugares llenos de energía y misterio.

20 kilómetros de playas, tres cerros, puerto, aerosilla, rambla y es el balneario uruguayo más cercano para los argentinos.

Amanecía y ya estaba despierto cuando, el ruido de las máquinas soplahojas en la calle, me hizo abrir los postigos del hotel Argentino. La gente de mantenimiento municipal prepara el terreno para otro día de playa. Con tiempo antes del desayuno, arranqué la caminata hasta el puerto. En el camino me crucé con pocas personas, la ciudad todavía duerme. El señor con vincha que paseaba dos perros, la pareja de “viejitos”en bici, que intuí, podrían hacer el trayecto con los ojos cerrados. La mujer sola, en la inmensa playa, que no soltaba ni el libro de su mano izquierda, ni el mate de la derecha. Además de otra cuadrilla de trabajadores que podaba los árboles sobre la vereda de la rambla. Todos me saludaron.

Antes del muelle hay un sector lleno de piedras semisumergidas que remplazan a la arena en donde las gaviotas y garzas se hacen un festín.

En el puerto de Piriápolis hay embarcaciones de todo tamaño y costo, todas tienen nombre. Los lanchones de los pescadores, llegan con la pesca del día que luego se anuncia en las pizarras de las pescaderías de la zona, pescadilla, cazón, angelito, pejerrey y lisa, son algunos de los pescados en venta.

En busca del desayuno pego la vuelta, mientras la ciudad comienza a moverse y las playas a poblarse. Ya hay gente al trote por la arena y algunos niños se le animan al agua. Me cruzo con el señor de los perros, transpirado, me saluda de nuevo.        

Historia de Piriápolis

Francisco Piria, inspirado en los balnearios europeos de la belle epoque, fundó en 1890, Piriápolis. Cuando por esos años, la gente aún no acostumbraba a bañarse en el mar. El empresario compró 2.700 hectáreas de campo con cerros y playas en la costa uruguaya. Piria, fue un conocido alquimista y, dicen, que fueron los fuertes campos energéticos de la zona, los que lo llevaron a elegir el lugar. Incluso la ciudad tiene en su diseño, símbolos propios de la alquimia, los que le otorgan su aura mística.

Ubicada en el departamento de Maldonado, a 98 kilómetros de Montevideo y a 40 de Punta del Este. Piriápolis tiene cerca de 10 mil habitantes que se multiplican por tres durante el verano.

En el puerto de Piriápolis confluyen los lujosos yates con los lanchones de los pescadores (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Catálogo de playas

La playa más popular es la del centro y la que, durante la temporada estival, reúne a gran cantidad de charrúas y argentos. Se encuentra sobre La rambla de los argentinos, y es el centro comercial de Piriápolis con paseos de compras, restaurantes y bares.

Para frenar la acción del mar sobre la arena, está dividida por espigones -muros de cemento perpendiculares a la costa-, y sus aguas calmas suelen transformarse en una gran pileta. Tiene además un espacio en donde practicar deportes acuáticos como el windsurf, jet Ski, etc., y la infaltable banana boat, y otro con canchas de vóley y fútbol playero.

La playa del centro de Piriápolis reúne a miles de veraneantes uruguayos y argentinos. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Hacia el oeste, para los que buscan playas tranquilas, tienen para elegir. Playa Grande es el balneario más pequeño del lugar, con zonas rocosas en donde se forman piletas naturales. A cuatro kilómetros del centro, Playa Hermosa está protegida del viento por rocas. La silenciosa Playa Verde, a cinco kilómetros, con el cerro a su espalda, es ideal para el relax. Las Flores, a siete kilómetros, es la playa en donde los locales practican deportes y pescan. Bella Vista, es una playa angosta muy familiar, con canto rodado y rodeada de naturaleza, a nueve kilómetros del centro. A 12 kilómetros, Playa Solís es la más alejada, tiene dunas alrededor y se ubica en la confluencia del arroyo Solís con el Río de la Plata.

Las playas ubicadas hacia el oeste de la ciudad son menos concurridas y con el mar más agitado. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Después del puerto y el cerro San Antonio, hacia el este de la ciudad, las olas de la playa San Francisco son las elegidas por los surfistas. Punta Colorada es la más pintoresca, con su rocas coloradas hundiéndose en el mar, ideal para la pesca. Punta Negra, a 10 kilómetros de Piriápolis, ofrece playas casi vírgenes y muchas olas.

Qué conocer

Un paseo muy recomendado es la visita al Cerro San Antonio. Se puede acceder en aerosilla, en auto o a pie. En el camino se puede ver a la Virgen de los Pescadores con increíbles vistas. En la cumbre, desde el templo de San Antonio, se observan la bahía, el puerto y el centro de la ciudad.

Muy cerca, la Fuente de Venus es otra obra de Francisco Piria. Copia de los templos de Venus en Italia y Francia, está rodeada por espacios verdes y juegos infantiles, ideal para una visita familiar.  Por uno de los caminos laterales a la fuente, se llega al Cerro del Toro, en donde se encuentra la estatua de hierro de un toro del que brota agua mineral de su boca.

Ubicada en un parque, la Fuente de Venus está rodeada de espacios verdes y juegos infantiles. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

A solo 7 kilómetros del centro se puede visitar el Castillo de Piria, que fue el lugar de residencia del fundador de Piriápolis, abre de 10 a 17 horas.

El Castillo Pittamiglio tiene una imponente fachada de estilo medieval y gran cantidad de símbolos. Fue la residencia del alquimista Humberto Pittamiglio, discípulo de Piria. Entre sus curiosidades se observan pasillos que no conducen a ningún lado y el baño, en vez de espejo, tiene una ventana desde donde ver el Cristo Redentor ubicado en el jardín.

Imponente por fuera, pequeño por dentro, el Castillo Pittamiglio forma parte de la ruta mística. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

El hotel Argentino, la obra cumbre del fundador de Piriápolis. Con más de 300 habitaciones, es uno de los grandes atractivos de la ciudad, recorrerlo es un viaje en el tiempo ya que mantiene el mobiliario original con el que fue inaugurado en 1930.

Entre Los Andes y el Pacífico, dunas, volcanes, salares, lagunas, minas, flora y fauna confluyen en el punto más seco del planeta.

Para conocer el lugar más árido de la tierra, invitados por el Sernatur -Servicio Nacional de Turismo de Chile- nos instalamos en Copiapó, previa escala en Santiago.

Rumbo al norte, después de cruzar en el camino minas de cobre, oro, hierro y otros minerales –explotadas por megaempresas o por pequeños emprendimientos familiares–, llegamos a la zona de dunas.

Antes de entrar a “jeepear” en el gigantesco “arenero” de 300 kilómetros cuadrados, hay que desinflar los neumáticos para facilitar la tracción. “Siempre hay que ir con dos 4×4, por lo menos” ilustra el conductor/guía y se explaya con naturalidad: “quedarse enterrado en la arena es muy común, así que es bueno tener otro vehículo para sacarte”.

El piloto sabe navegar en estas inmensas montañas móviles, adivina los caminos que no se ven y trepa y baja pendientes imposibles mientras abajo, el piso se desplaza permanentemente. Es una experiencia muy divertida, pienso, mientras me agarro fuerte al pasamanos.

En una de las paradas me separé del grupo para sacar unas fotos de lejos, confieso que no dejaba de mirarlos ya que no existen puntos de referencia y las ondulantes dunas desorientan muy rápido. Hubo atascos, rescates, risas y buen vino chileno a la sombra de un gacebo al pie de una inmensa duna de 500 metros de altura.

El número once

Nos ponemos serios y vamos camino a la mina San José, donde 33 mineros quedaron atrapados durante 70 días. Jorge Galleguillos, el minero número once en ser rescatado, nos recibe en el centro de interpretación. Se presenta, señala los hitos marcados en el predio y los enumera y detalla como el guía más avezado (“el punto dos es la entrada a la mina, el tres es el punto del rescate”, y así).

Le sigue su relato personal de la experiencia, la relación con sus “compadres” antes y después del rescate y una broma sobre la película de Banderas, a la que califica de mala. Responde nuestras preguntas y nos muestra sus tesoros: las cartas de sus seres queridos, enrolladas en un tubito, tal como le llegaban. “Nos vemos en la superficie”, alcancé a leer. Se saca el sombrero y se suma a la foto grupal de despedida.

El recorrido nos lleva entonces a la zona costera, cuyas playas pueden verse desde la ruta que corre paralela a la costa. La elegida en la zona, Bahía Inglesa, tiene arena blanca, agua turquesa y la infraestructura necesaria, y es uno de los balnearios más frecuentados a la hora de vacacionar en el norte de Chile.

Los seis miles

Muy temprano empieza la excursión que nos lleva hacia el este en busca de las montañas más altas del país, todas por encima de los seis mil metros. Para afrontar el posible malestar en altura, Carlos, nuestro guía, nos recomienda desayuno liviano y mucha agua de a sorbitos durante el trayecto.

A los pocos kilómetros de recorrido quedamos envueltos en la densa camanchaca (ver aparte), muy común durante las mañanas. El ascenso es suave y no parece que vayamos subiendo –mención aparte para las rutas de la zona: de asfalto o de tierra, son impecables–. La primera parada es en las ruinas de Puquios, un floreciente pueblo minero que durante el siglo XIX llegó a tener 5.000 habitantes y ferrocarril. Abandonado en los años ’30 por la caída de la minería, hoy sólo quedan en pie gruesas paredes de adobe y mucha historia entre montañas de colores.

Sobre los 1.800 msnm, La Puerta es un verdadero oasis con abundante vegetación y arroyos que distribuyen mansamente el agua en la zona. Ideal para aclimatarse y comer algo a la sombra de los pimientos. Después, los árboles desaparecen por completo.

El camino sigue su ascenso por el desierto; sólo nos cruzamos con Don Juan y sus más de 50 cabras. El lugareño nos señala el lugar adonde las lleva a pastar pero, francamente, sólo vemos tierra y piedra. A los 3.000 msnm, la vega Las Juntas es la última parada con agua y vegetación abundante. La subida es más pronunciada hasta el Portezuelo Maricunga, sobre los 4.100 msnm. El lugar es un balcón panorámico que permite observar el Nevado Tres Cruces de fondo y, más cerca, el intenso turquesa de la laguna Santa Rosa.  

Ubicada en la depresión de los salares y conocida por su población de flamencos, esta laguna posee aguas de alta salinidad con bofedales y vegetación baja en su costa. Es refugio de numerosas aves y en la zona se pueden ver además guanacos y vicuñas.

En las alturas

Para llegar a la laguna Verde, destino final del itinerario, atravesamos el Salar de Maricunga con el volcán Copiapó de fondo, y reiniciamos el ascenso hasta los 4.300 msnm, donde el camino sigue el trayecto del río Lama.

(Foto: Mario Rodriguez).

Un poco más arriba, el Tres Cruces nos regala una postal única con vicuñas pastando en la base. A esta altura hay que moverse con cuidado y no correr ni pararse de golpe (lo digo por experiencia). Sigue un llano sobre una ruta recta y asfaltada, con nieve en las orillas, y el imponente volcán Ojos del Salado a la vista. Luego de una amplia curva en bajada, el asfalto parece sumergirse en las aguas de la laguna.

Azules, turquesas y verdes se combinan para colorear esta laguna salobre. La sal, entre otros minerales, se acumula en la orilla formando una costra blanca, esculpida por el agua y el viento, que resalta aún más el color del agua. También en la orilla hay pequeñas piletas con aguas termales rodeadas de pilares de piedra que ofrecen reparo a los que se animan al baño.

(Foto: Mario Rodriguez).

Después de las fotos y los videos llega el momento de contemplar, de mirar de verdad. A pesar de nuestra incredulidad, este lugar es real, y no hay mal de altura que pueda cambiar eso.

En medio de una reserva natural, el resort Grand Palladium ofrece todo lo imaginable para disfrutar de unas vacaciones “todo incluido”.

Imbassaí era un pequeño pueblo de pescadores y agricultores. Sigue siendo pequeño –no más de 1.000 habitantes–, pero ahora, su actividad principal es el turismo. La inauguración de la ruta Linha Verde, que arranca en Praia do Forte, y la autorización del Gobierno brasileño a instalar el resort Grand Palladium dentro de la Reserva Imbassaí hicieron posible la transformación del lugar y de su gente. El lugar, a pesar de estar a solo una hora en auto -87 kilómetros- de Salvador, capital del estado de Bahía, conserva el encanto y la calma propia de los pequeños pueblos.

Ubicada entre Costa do Sauipe al norte y Praia do Forte al sur, Imbassaí tiene nueve kilómetros de anchas playas que garantizan tranquilidad y un mar cálido con oleaje óptimo para la práctica de deportes náuticos. En la arena –el ancho llega en algunos sectores a los cien metros- las cabalgatas son una de las actividades más elegidas. Los recorridos ofrecen una gran variedad de caminos que atraviesan enormes dunas, pantanos, lagunas y ríos, siempre rodeados de bastas zonas de vegetación y biodiversidad.

En invierno, en la zona, es posible avistar ballenas desde la costa.

El resort

El Grand Palladium Imbassaí Resort & Spa es complejo de villas, con tres restaurantes a la carta de comida brasileña, mediterránea y japonesa. Dos restaurantes bufetes. Once bares con la bebida del águila en todos. Cuatro piscinas y un parque acuático. Spa de vanguardia y un amplio programa de deportes. En fin, lo imaginable para poder hacer de todo y, también, nada.

Alojado en una de las villas del resort, los primeros días tengo que guiarme por los carteles para no perderme. Para llegar a la playa, distante a unos 600 metros, hay dos opciones: el “modo fiaca” incluye el transporte desde el hotel y el “modo activo”, una caminata por una pasarela elevada sobre la mata atlántica. Durante el corto trayecto se pueden observar iguanas, pájaros multicolores, monos tití y algún que otro turista practicando stand up paddle en el río Imbassaí. El último escollo es un pequeño morro de arena poblado de palmeras.

El Grand Palladium Imbassaí Resort & Spa ofrece todo lo imaginable para disfrutar de un destino, con el sistema “todo incluido”. (Foto: Grand Palladium Imbassaí) .

La playa cuenta con bares, restaurante y todo lo necesario para disfrutar del mar. Por la noche, hay luces bajas para no molestar a las tortugas marinas que anidan en la zona, una de las prácticas sostenibles comprometidas del hotel.

Piletas naturales y tortugas

10 kilómetros al sur de Imbassaí se encuentra Praia do Forte. Su calle principal, Alameda do Sol, es un adoquinado paseo peatonal lleno de pequeños restaurantes y coquetas boutiques que desemboca en la iglesia de San Francisco y en una pequeña bahía poblada por botes de diferentes calados pero igual de coloridos.

Para disfrutar del agua hay dos opciones: las playas de arena que dan al mar abierto y las piletas naturales que se forman en la zona de arrecifes durante la marea baja.

Praia Do Forte tiene un mar abierto con olas y las piletas naturales que se forman durante la marea baja. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

Un paseo ideal en plan familiar es visitar el proyecto Tamar. Se trata de un santuario dedicado a la protección de las tortugas marinas y otras especies acuáticas comotiburones y rayas. Con clara visión ecológica y social, esta ONG integra a la comunidad local. “Los mismos pescadores que juntaban huevos de tortuga para comerlos hoy trabajan protegiendo sus nidos”, comenta el guía.

Un día en la Capi

Favelas, morros selváticos y barrios tradicionales ocupan Salvador, la capital del estado de Bahía, poblada por 3 millones de habitantes. En sus plazas y en las calles del casco antiguo se concentran bailarines de capoeira, vendedores ambulantes, estudiantes y turistas formando un conglomerado de lo más heterogéneo. De las puertas coloridas de las casas coloniales se asoman las mujeres con sus trajes típicos, prestas para la selfie a cambio de algún real.

La Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim es el templo católico en el que se distribuyen las famosas Fitinhas de Bonfim, souvenir y amuleto típico de la ciudad. Estas cintitas se atan en la reja que rodea el edifico (o en la muñeca a manera de pulsera) con tres nudos, uno por cada deseo que, dicen, se cumplen cuando la cinta se desgasta y se corta sola.

En el casco histórico, es imperdible el barrio Pelourinho. Su bien preservada arquitectura colonial barroca portuguesa forma parte del Patrimonio Histórico de la Unesco. Su nombre viene de “picota” en castellano, ya que había una en el medio de la plaza principal para el castigo de los esclavos.

El barrio de Pelourinho, ubicado en el casco histórico de Salvador, es una visita obligada. (Foto: MARIO RODRIGUEZ).

El elevador Lacerda, con 72 metros de altura, conecta la Ciudad Alta con la Ciudad Baja. La parte alta es un punto panorámico desde donde se puede ver la bahía de Todos los Santos y el Mercado Modelo.

Otro lugar que merece la visita es el fuerte del Monte Serrat. Sus torres ofrecen historia y vistas únicas de la ciudad y la playa del Buen Viaje.

Cuando el día termina

Del ritmo frenético de la gran capital a los tranquilos senderos del hotel. La convocatoria es para ver la puesta del sol. De espalda al mar se disponen camas, hamacas paraguayas y columpios, y se distribuyen cartas de tragos. El sol se pone sobre la selva y todo se tiñe lentamente de naranja. Otro día termina en lo que, supongo, se debe parecer al paraíso.

En las cálidas aguas del Atlántico, próxima a Salvador, se encuentra esta pequeña población con palmeras, espectaculares atardeceres y una belleza que seduce.

Por Lorena Riera

Esta antigua colonia de pescadores se convirtió en el lugar de veraneo de las familias de Salvador y en la década del ’70 pasó a ser el punto preferido de hippies, quienes adoptaron la zona para disfrutar de la paz y el amor y fueron ellos quienes impusieron un estilo relajado e informal. Hoy es una de las localidades preferidas para el turista que llega a Bahía.

Morro de São Paulo, a 60 kilómetros al sur de Salvador -la capital bahiana-, es parte de un archipiélago de seis islas, de las que sólo tres están habitadas. Este paraíso cuenta con playas de aguas claras y arenas blancas, además  de los cocoteros y la selva atlántica que componen el escenario perfecto para los visitantes.

Llevar snorkel para las piscinas naturales que se forman en la Cuarta Playa. (Foto: Gábor Kovács/123RF).

Playas para enumerar

Por orden numérico, las cinco playas que componen Morro tienen sus particularidades. La Primera se caracteriza por las opciones deportivas, donde se concentra la práctica de surf, con Pedra do Moleque y Quebrancinha como puntos de atracción para la fraternidad de las tablas. La Segunda está más congestionada por sus bares de playa y su oferta gastronómica durante el día  y la noche, es una zona de pura diversión. Por su lado, la Tercera resulta más calma, aunque sirve también de punto de partida de excursiones. Más apartada e ideal para quienes eligen la tranquilidad de una extensa arena aparece la Cuarta. Por último, se extiende semi desierta con una larga fila de palmeras y termina en un manglar, la Quinta, bautizada como la Praia do Encanto.

Además de estas playas de Morro de São Paulo, en la misma isla existen otras: Porto de Cima, Porto de Pedra, Gamboa do Morro, Garapuá y Pratigi, todas se pueden recorrer contratando tours.

Típica postal son los vendedores en la playa. Una opción natural y económica son las bandejas de frutas cortadas en el momento. (Foto: Pablo Figueroa).

¡A caminar se ha dicho!

En Morro las calles son de tierra y adoquines con subidas y bajadas constantes. No existen autos, sólo algunos autorizados y con usos específicos, como el tractor que recoge la basura, una ambulancia o pequeños vehículos de los hoteles de la Cuarta y Quinta Playa para facilitar el acceso a la villa de sus huéspedes. Esto, obviamente, favorece un ambiente tranquilo y relajante.

Morro es para todo tipo de turistas: los que prefieren la tranquilidad y la fiesta; los que quieren la comodidad, hoteles económicos, albergues o casas ecológicas; para quienes disfrutan del día o la noche. (Foto: Gábor Kovács/123RF).

La lancha o el catamarán llegan al puerto y desde ahí hay que caminar hasta el hospedaje. El servicio que ofrecen los lugareños es el “taxi-carretilla”, transportando el equipaje desde el puerto hasta el hotel o la posada elegida. Si contrata este traslado –lo recomendamos para evitar llegar exhaustos al hotel- tenga en cuenta llevar cambio. La tarifa: se negocia en el momento.

Para todos los gustos

Las tarifas de posadas, hoteles y resorts varían bastante y la oferta es muy amplia. Los lugares más demandados son la Primera, Segunda y Tercera Playa y el pueblo, donde los precios resultan más bajos. El alojamiento depende de los intereses del viajero: para tener fácil acceso a todo y estar más cerca de la vida nocturna, hospedarse en la Segunda Playa. Si, en cambio, descansar y estar un poco más aislado es el objetivo, quedarse en las tranquilas Cuarta y Quinta Playa.

Para el presupuesto tener en cuenta que en temporada baja (mayo y junio) los precios de los hospedajes son más accesibles, sin embargo esta época es de lluvias.

En el pueblo, el “centro”, se concentran comercios en general; restaurantes; posadas; mercaditos; farmacias; cyber; cafés; puesto telefónico; la iglesia Nossa Senhora da Luz y las dependencias municipales, como la Policía y un Dispensario.

La ciudad fue bautizada como Morro de São Paulo por el fuerte de ese nombre que se construyó para evitar los ataques piratas en el siglo 17. (Foto: Paulo Leandro Souza/123RF).

Outfit de verano

En la isla nunca hace frío, las mínimas son de 22 grados y las máximas alrededor de 30 grados. Con este dato el equipaje para viajar a Morro debe ser sencillo y liviano. Recordar: calzado confortable, las calles son empinadas y todo traslado es a pie. Si las caminatas es una opción, llevar zapatillas bien confortables.

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