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Leyendas
Nahuelito, mito del lago Nahuel Huapi

La revista Condé Nast Traveler presentó un relevamiento de las criaturas mitológicas más famosas de cada país y el Nahuelito, la criatura que según el mito habita en las aguas del lago Nahuel Huapi, en Bariloche, resultó la más popular de Argentina.

Según el informe “las criaturas mitológicas han fascinado a la humanidad desde tiempos inmemoriales: desde temibles gigantes, misteriosas sirenas y astutos trolls hasta furiosos dragones, elfos mágicos y ninfas de los bosques. Las leyendas e historias sobre estos seres se han ido transmitiendo de generación en generación, alimentando así el imaginario mitológico de las culturas de todos los países del mundo”.

Nahuelito
El Nahuelito, según la revista Condé Nast Traveler, es la criatura mitológica más popular de Argentina.

Tal es la fascinación que despiertan estos seres que cuentan con una ciencia (aunque para muchos se trata de una pseudociencia) que los estudia: la criptozoología (del griego cryptos ‘oculto’, zoos ‘animal’ y logos ‘estudio’), esta disciplina estudia a los animales ocultos o desconocidos cuya existencia no ha sido probada como animales extintos, mitológicos o folclóricos.

Nahuelito, el mito hecho película

El director argentino Miguel Ángel Rossi justamente está rodando el largometraje “Bajo superficie, el habitante oculto del Nahuel Huapi” en la que intenta develar el mito de Nahuelito mientras entrelaza historias del desarrollo de la ciudad y la sociedad barilochense a orillas del lago.

Miguel Ángel Rossi, director de cine
El director argentino Miguel Ángel Rossi, durante la filmación de la película sobre el Nahuelito.

Para Rossi, “el mito atraviesa todo el siglo veinte y el actual con registros y relatos orales. Y más atrás, la tradición oral de comunidades que iban dejando relatos orales, pinturas o dibujos, cosas relacionadas con avistamientos en los lagos, incluso en los lagos de Chile, y en los lagos de Argentina. Las cuestiones mitológicas referidas a los grandes espejos de agua son, desde hace siglos, temas recurrentes de las de comunidades antiguas”.

Agregó además que la película se nutre de la investigación histórica y en las experiencias del Perito Moreno que aportan mucha información sobre la región, las comunidades que la habitaban y sus primeras expediciones. “Creo que Nahuelito es lo más barilochense que tenemos”, concluyó.

El estreno que estaba programado para el pasado mes de julio debió posponerse, la cuarentena impidió la grabación de algunas de escenas muy importantes, como la filmación a 400 metros de profundidad con un robot submarino.

Cerro Chaltén, Patagonia Argentina

Para los tehuelches en el comienzo de los tiempos solo existían la oscuridad y Kóoch, creador del universo. Pero este, se sentía tan solo que comenzó a llorar, y lloró tanto que formó el mar. Después lanzó un profundo suspiro que creó el viento que al soplar, arrastró las tinieblas dejando que entrara una pálida luz. Entusiasmado, el Dios siguió su obra y para poder verla mejor encendió una gran chispa que originó el sol que a su vez, calentó el mar, y así se formaron las nubes. Y estaba tan contento que su potente risa le dio vida al trueno.  

Totalmente rodeado por agua, Kóoch hizo elevar una porción de tierra creando una isla, y con esa misma tierra moldeó las montañas, que al ser rozadas por las nubes provocaron las lluvias que crearon los ríos y arroyos que se poblaron de peces, y las aguas regaron la tierra que dieron vida a las plantas que se convirtieron en el alimento de los primeros animales. Y también llegaron los hijos del creador que satisfecho, antes de perderse en el horizonte, creó una tierra muy lejana, la Patagonia.

Un desierto helado

La Patagonia estaba cubierta de hielo y nieve hasta que un día, desde el océano, llegó volando un cisne con Elal, uno de los hijos de Kóoch, sobre su lomo. Detrás de ellos llegaron los peces y muchas más aves que transportaban a los animales que no podían volar. Así fue como el lugar se pobló de guanacos, liebres y zorros y los lagos, de patos y flamencos.

El cisne dejó a Elal en la cumbre del cerro Chaltén, hoy monte Fitz-Roy. Luego de tres días y tres noches, el joven comenzó a bajar por la ladera y se topó con el frío y la nieve, pero los espantó creando el fuego al golpear dos piedras entre sí. Luego, con flechazos alejó al mar y con el barro creó a los hombres y mujeres tehuelches.

Elal les enseño fabricar sus armas y a cazar, a encender el fuego, a preparar los cueros para hacer sus toldos y muchas cosas más.

La partida

Un día le anunció a su pueblo que se iba y le pidió que transmitieran a sus hijos todo lo aprendido para que nunca mueran sus enseñanzas. Luego llamó al cisne, subió a su lomo y partieron rumbo al este, por encima del mar. Cuando el ave se cansaba, Elal disparaba una flecha y donde esta caía, aparecía una isla en donde se detenían a descansar.

Esas islas pueden verse desde la costa patagónica y en alguna de ellas vive Elal. Dicen que permanece sentado frente a una fogata charlando con los muertos tehuelches que llegan para quedarse eternamente con él.

Fuente: www.skorpios.cl y www.alconet.com.ar

Cuenta una antigua leyenda que los cardones en realidad son guerreros que, convertidos en plantas, aún vigilan los valles y los cerros del norte argentino y velan por la tranquilidad de sus habitantes para que nunca más sean perturbados por extraños que lleguen en busca de sus tierras.

No siempre estuvieron allí, ya que se cuenta que en época de la conquista, los invasores se preparaban para atacar el pueblo. Un grupo de valientes guerreros, se apostaron en puntos claves por donde debían pasar los conquistadores. Al amanecer llegaron los chasquis anunciando que los españoles estaban cerca. Estaba preparado para el ataque pero desde lo alto de las quebradas vieron que los enemigos eran demasiados y les sería imposible detenerlos.

(Foto: Anibal Trejo/ 123RF).

Con los brazos en alto, pensando en la vida de sus seres queridos, y prometiendo que siempre los defenderían, le pidieron ayuda a la Pachamama (Pacha: “mundo” o “Tierra”, mama: “madre”). La piadosa Madre Tierra hizo nacer junto a cada guerrero una planta alta y fuerte, con los brazos levantados y cubierta de espinas y pidió que le pusieran algunas de sus ropas. Al acercarse, los conquistadores vieron a muchos y enormes hombres que los esperaban dispuestos a luchar y decidieron que sería peligroso enfrentarse a ellos por lo que tomaron por otro camino sin pasar por el pueblo.    

La Pachamama creó los cardones para que se vean como poderosos guerreros que cuidaban lo que les pertenecía, los hizo duros por fuera pero con un interior blando que guarda el agua necesaria para poder pasar días y días al sol sin morir de sed. Además, los adornó con flores que a veces salen para recordar el amor de los guerreros por su pueblo.

Cuentan las antiguas voces que en los valles cordilleranos de Neuquén vivía una niña mapuche llamada Huala. La pequeña jugaba con sus amigos y ayudaba a su familia en los quehaceres de la ruca (vivienda), y también le encantaba ir en busca de agua al lago cercano, allí pasaba mucho tiempo viendo su reflejo mientras peinaba su larga cabellera.

Huala no se imaginaba que por debajo de aquel reflejo los ojos del maligno “Cuero” la observaban. Esos ojos vieron como, día tras día, la niña se convertía en una hermosa mujercita y, como hasta los monstruos aman, se enamoró profundamente de la joven.

Cierto día, mientras Huala llenaba su cántaro en el lago, el Cuero emergió bruscamente de las profundidades, se desplegó y rápidamente envolvió a la joven que solo alcanzó a emitir unos gritos ahogados que advirtieron a sus padres y amigos que acudieron en su ayuda, pero ya nada se podía hacer, el monstruo jamás devolvía a sus presas. De pronto, la orilla se llenó de peces, ese era el precio que el maligno ser pagaba por llevarse a la mujer.

(Foto: Dmytro Pylypenko/ 123RF).

El Cuero arrastró a Huala hasta una gruta en las profundidades y allí, al ver los despojos de animales, cuerpos disecados y cabezas humanas desperdigadas por todos lados, la joven se desvaneció.

Al despertar, el Cuero se había transformado en un apuesto joven que le declaró su amor:

-Te prometo que si quieres ser mi esposa te trataré con cariño y dulzura.

Huala, angustiada y llorando, le reclamó:

-Yo sólo quiero seguir viendo a mis padres, la ruca donde he nacido y la comarca donde he sido tan feliz.

Era tal la tristeza que había en los ojos de la joven que el Cuero aceptó su pedido pero con la condición de que nunca debería abandonar el lago. Fue así que transformó a la mujer en un ave parecido a un pato, pero con alas y patas más cortas, para que no pudiera volar ni alejarse del lugar.

Desde entonces, la Huala habita los lagos patagónicos en los que nada con gran agilidad y se sumerge hasta lo más profundo de las aguas. Dicen que al ver a una persona emite un grito angustioso, como cuando fue capturada por El Cuero y se acerca a la orilla con la ilusión de que algún día se rompa el hechizo y vuelva a ser libre.

Ocurrió mucho antes que la llegada de los españoles a estas tierras que el heredero al trono del Imperio Inca, un niño aún, estaba muy enfermo. Una extraña dolencia lo mantenía postrado. Las plegarias y las medicinas de los hechiceros nada lograban y se desesperaban por no poder sanarlo. Convocados los grandes sabios del imperio, le aconsejaron al Inca, su padre, que buscara la cura del príncipe muy al sur de sus dominios, en donde se encuentran las aguas de una vertiente, con poderes sanadores.

Se preparó entonces el viaje con una gran comitiva formada por guerreros, cortesanos y obreros que partieron en caravana en busca de las aguas milagrosas.

Marcharon durante meses y después de superar grandes obstáculos y con sus fuerzas agotadas, se detuvieron frente a una profunda quebrada, en cuyo fondo corrían las aguas de un río tempestuoso que les impedía la marcha. En el lado opuesto, estaba el codiciado manantial en donde se curaría el niño pero, el lugar era inaccesible. Buscaron durante mucho tiempo la forma de llegar hasta las milagrosas aguas, pero todo era en vano, la realidad les indicaba que no podrían cruzar y tendrían que volver a Cuzco, con el heredero incluso más enfermo aún, debido a los trajines del viaje.

(Foto: Martin Schneiter/ 123RF).

En un último intento, antes de emprender el regreso, la gran comitiva le rogó a sus dioses Inti, el sol, y a Quilla, la luna, para que los ayudaran y luego los guerreros, que amaban a su príncipe y estaban dispuestos a sacrificarse por él, entrelazaron sus brazos y piernas para formar un puente humano. El rey caminó por encima de sus espaldas, con su hijo en brazos, y así lograron llegar hasta la fuente termal que curaría al niño. El gran señor se volvió hacia sus hombres para agradecerles pero, sorpresivamente, todos se habían petrificado. 

Allí fue que, según la leyenda, nació el famoso Puente del Inca, una maravilla única en el mundo, en la cordillera de los Andes. El lugar, custodiado por el Aconcagua, está rodeado de aguas termales ricas en minerales que alivian distintas afecciones.

Hace mucho tiempo un antiguo pueblo de la patagonia vivía cerca de los bosques de pehuenes o araucarias, árboles que consideraban sagrados y a su sombre se reunían para rezar, les hacían ofrendas y adornaban sus ramas con regalos, pero no recolectaban sus frutos, como no tenían un buen sabor pensaban que eran venenosos y no se podían comer y los dejaban esparcidos en el suelo.

Un año, el invierno fue particularmente largo y crudo, la tierra permaneció cubierta de nieve, los ríos se congelaron y las aves emigraron. Incluso el Dios creador, Nguenechen, no escuchaba las plegarias y sobrevino un período de hambruna que, a duras penas soportaban los más fuertes pero los niños y los ancianos comenzaban a morir.

Los piñones de la araucaria son comestibles y tienen alto valor nutricional y tradicionalmente se los consume hervidos o tostados. (Foto: Rodrigo De Souza Mendes Junqueira 123RF).

Entonces, los viejos de las tribus mandaron a los jóvenes a recorrer la región en busca de alimentos pero, a los pocos días, volvían hambrientos sin haber encontrado nada para comer.

Un muchacho, después de recorrer una región barrida por el viento, montañosa y árida, regresaba famélico, muerto de frío y con las manos vacías, se cruzó con un anciano de larga barba blanca que se le unió en el camino. Anduvieron juntos un buen rato y el viejo le preguntó qué buscaba en aquella zona de tierra arenosa y pobre, el muchacho le contó de las penurias que estaba pasando su tribu y de la vergüenza que le causaba no haber encontrado nada para ayudarlos. El desconocido lo miró extrañado y le preguntó:

¿No son suficientemente buenos para ustedes los piñones? Caen del pehuén cuando están maduros y con una sola piña se puede alimentar a una familia entera.

Bastó con mirar a su alrededor para darle el nombre a Villa Pehuenia, fundada en 1989, a orillas del lago Aluminé en Neuquén. (Foto: Mario Rodriguez)

El muchacho, confundido, le contestó que siempre habían creído que Nguenechen prohibía comer los piñones por ser venenosos y además, muy duros.

Entonces el viejo le explicó que era necesario hervirlos hasta que se ablanden o tostarlos al fuego y, antes que el joven pudiera decir nada, desapareció. Nuevamente solo, el muchacho, sin dudarlo, juntó las vainas más grandes que encontró y corrió hacia su pueblo.

Después de contar las novedades a los viejos, se hizo un prolongado silencio hasta que uno de ellos dijo:

Ese viejo no puede ser otro que Nguenechen, que bajó para salvarnos. Vamos, no despreciemos su regalo e inmediatamente convocaron a toda la gente.

La tribu entera participó de los preparativos, acarrearon agua y leña para el fuego, incluso muchos salieron a buscar más piñones que luego hirvieron y tostaron e hicieron un gran festín. Se dice que, nunca más pasaron hambre y, también desde ese día, se llaman a sí mismos pehuenches.

Cuentan los más viejos de la tribu que hace muchos, muchos años, vivían en lo que hoy conocemos como el litoral argentino, dos tribus guaraníes que se volvieron enemigas, había pasado tanto tiempo que ya ni se acordaban porque se habían peleados pero, Poty, la bella hija del cacique de uno de estos pueblos, estaba enamorada de Guanumby, un joven guerrero que pertenecía a la familia rival.

Los jóvenes mantenían su amor en secreto y solían verse al atardecer pasando el bosque cercano, bajo un sauce criollo a la orilla de un pequeño arroyo.

Un día, la hermana de Potí, que sospechaba de los habituales paseos de la joven, la siguió sigilosa hasta el monte y descubrió el secreto de los enamorados. Sin dejarse ver, regresó corriendo a contarle las novedades a su padre. Desde ese día, la joven tuvo prohibido volver a ver a Guanumby y además le ordenaron casarse de inmediato con uno de los suyos.

Sin saber nada, al atardecer del día siguiente, el muchacho cruzó el monte blanco y esperó bajo el sauce. Pero Potí nunca llegó. Ni ese día, ni el siguiente. Afligido, se acercó a la aldea enemiga, con el riesgo de ser descubierto y que lo mataran pero no pudo ver a la joven. La Luna, apenada por el inmenso dolor de Guanumby, le contó lo que había sucedido y agregó:

–Anoche he visto a Poty, no para de llorar, está desesperada porque su padre le ordenó que se case con un hombre de su tribu y ella se niega a hacerlo. Tupá (Dios supremo de los guaraníes) cuando escuchó su lamento y vio la tristeza que la embarga, se apiadó de ella y la transformó en una flor.

–¿En una flor? Preguntó el joven enamorado. ¿En qué clase de flor? ¿Dime Luna, cómo puedo encontrarla?

–¡Ojalá pudiera ayudarte amigo. No puedo decírtelo porque no lo sé! Contestó la Luna.

El muchacho, atormentado por la noticia, solicitó la ayuda de su dios:

–¡Tupá, por favor, tengo que encontrar a mi amada! Sé que en los pétalos de Poty reconoceré el sabor de sus besos. ¡Ayúdame a encontrarla!

De pronto, el cuerpo de Guanumby fue disminuyendo cada vez más, hasta hacerse muy pequeño y convertirse en un ágil pajarito de muchos colores, que rápidamente salió volando. Era un picaflor.

Desde entonces, el joven enamorado pasa sus días recorriendo las ramas floridas y besa fugazmente los labios de las flores, buscando a una, sólo a una.

Cuentan los viejos más viejos de la tribu, que todavía no la ha encontrado.

(Foto: Robert Woeger/ Unsplash).

Hace muy mucho tiempo, cuando los hombres y mujeres todavía no existían, la tierra, recién nacida, estaba poblada por animales. Tampoco las estaciones dividían el tiempo y, en un mismo día podía caer una abundante lluvia de primavera, hacer un calor agobiante propio del verano, un soplar un fuerte viento otoñal y bajar la temperatura hasta hacer tiritar de frío como en el invierno. Esta situación no le gustaba a los habitantes del lugar y siempre se quejaban.

-Cuando el frío llega de golpe, no nos da tiempo a conseguir comida decía el Piche (armadillo o peludo). -Y nosotros no podemos nadar tranquilos en la laguna, cada tanto, el agua se congela, protestaban fastidiados los Cisnes de cuello negro.

-Si supiera que se viene el calor, a mi nido lo haría a la sombra, bajo los árboles y no al rayo del sol, agregó el Chingolo. -Y yo me iría cerca del agua para refrescarme, comentó molesto el Guanaco.

Entonces, Elal, el creador y protector de todas las criaturas, reunió a los animales para ordenar las estaciones y pensó que sería buena idea que los habitantes de la Patagonia se pusieran de acuerdo entre ellos sobre el asunto.

Estaban todos reunidos y los jefes de cada especie discutían mientras sus compañeros escuchaban a el Ñandú, la Mara, el Zorro, los Pájaros, el Cisne, el Flamenco, la Tortuga, el Piche, la Cucaracha, el Puma y el Guanaco, entre otros. Como no se ponían de acuerdo y la discusión iba para largo, Elal intervino:

(Foto: Mario Rodriguez).

-¿Quién quiere invierno corto y quién quiere invierno largo?

-El invierno debe durar doce meses, ni uno más ni uno menos, dijo el Ñandú.

-¿No te parece mucho tiempo Ñandú, algunos animales podrían morir de hambre? Le preguntó Elal.

-Al que no le guste el invierno, que se vaya una temporada al norte, dijo el Ñandú con pocas ganas de ceder su posición.

Como el Ñandú cuando se enojaba era capaz de dar unos picotazos terribles, nadie lo contradijo y todos permanecieron en silencio. Sabiendo esto, Elal intervino nuevamente:

-Escuchen con atención, voy a dejarlos un rato para que lo discutan y, tomada la decisión, después no habrá cambios.

La liebre Mara, que había permanecido sentada y muy callada, como nadie decía nada, intervino gritando:

-Es mucho, las plantas no van a crecer ¿Qué vamos a comer? Nos moriremos de hambre, el invierno debe durar tres meses.

-El Ñandú, levantó una ceja convencido y dijo: -Doce meses.

-Imposible, es mucho tiempo y no vamos a encontrar comida, que dure tres meses, comenzó a gritar la Mara.

El resto de los animales no participaban y la discusión se centró en la Mara y el Ñandú. Que doce meses, que tres. Que doce, que tres. Y a medida que la liebre porfiaba, el emplumado se sentía desafiado y revolvía los ojos y pataleaba.

-¿Para qué quiere tres lunas usted? Preguntó a punto de perder la paciencia.

-Yo quiero tres porque con doce meses sé que no voy a comer nada.

Los otros animales también pensaban lo mismo, pero por miedo a Ñandú, se resignaban a un invierno eterno y a sufrir penurias y hambre.

La Mara, al ver que los demás no decían nada y que el ave no daría el ala a torcer, salió corriendo en busca de Elal. El Ñandú salió detrás de ella, tratando de darle pisotones y picotazos.

Elal al ver venir a los corredores, subiendo la voz, les preguntó:

-¿Cuántos meses de invierno quieren al final?

-Tres meses, gritó adelantándose la Mara, burlando al Ñandú, más preocupado en asestarle un picotazo.

-Así será, dijo Elal.

Al darse cuenta, el emplumado enfurecido, siguió la persecución de la liebre y cuando la Mara estaba por entrar a su cueva, el Ñandú en una última zancada alcanzó a pisar la cola de la liebre, esta tiró y tiró hasta que la cola se le cortó, pero logró guarecerse en su cueva asustada pero con los tres meses ganados.

Así, gracias al valor de la Mara, que perdió su cola, hoy tenemos tres meses de invierno.

Fuente: elal-patagonia.blogspot.com

Limay y Neuquén eran los hijos de dos importantes caciques mapuches que tenían sus tolderías, uno al norte y otro al sur de lo que hoy es territorio de la provincia de Neuquén. Eran amigos inseparables y siempre cazaban juntos.

Justamente cuando participaban de una cacería, oyeron el canto de una dulce voz, el sonido venía de un bosque de arrayanes cercano y hacia allá fueron y descubrieron a orillas de un lago a una hermosa joven de largas trenzas y grandes ojos negros, llamada Raihué (capullo en flor), que instantáneamente enamoró a los jóvenes. En el camino de regreso, Limay y Neuquén, sintieron que los celos rompían su antigua amistad y con el correr de las lunas el distanciamiento, entre los jóvenes que eran como hermanos, se hizo evidente. Preocupados por esta situación, sus padres consultaron a una machi (adivina), quien les explicó la causa de la enemistad de sus hijos. Entonces decidieron someter a los muchachos a una prueba, estos deberían viajar hasta el mar y el primero que regrese con un caracol para que Raihué pueda escuchar por primera vez el sonido del mar, tendría su amor como premio.

(Foto: Mario Rodriguez).

Para semejante misión, consultaron a los dioses y estos convirtieron a los jóvenes en ríos para facilitarles el largo camino hacia el océano. Neuquén lo haría desde el Norte, corriendo entre los bosques de arrayanes, mientras que, Limay, desde el sur, atravesaría por valles y montañas.

Pero, nunca tuvieron en cuenta al espíritu del Viento, que al no ser consultado, se sintió desplazado y comenzó a susurrar al oído de Raihué que Neuquén y Limay no regresarían nunca porque las estrellas que caen al mar se convierten en hermosas mujeres que seducen a los hombres y los encadenan en el fondo del océano. La joven, que se sentía culpable de la suerte de los amigos, comenzó a marchitarse de angustia y dolor y después de cuatro lunas se arrastró hasta el lago en donde conoció a los jóvenes y le ofreció su vida al dios Nguenechen a cambio de la salvación de Limay y Neuquén. Mientras rezaba, sus pies lentamente se convertían en raíces y penetraban en la tierra húmeda y desde su fina cintura surgían tiernas ramas, y sus labios se abría en una flor roja.

(Foto: Goodluz/ 123RF).

El Viento, que saboreaba su venganza, les comunicó el triste final de Raihúe a los jóvenes, y sopló con tanta furia que desvió el curso de ambos ríos hasta juntarlos. Limay y Neuquén, al enterarse que la muchacha había muerto de dolor por su ausencia, se abrazaron nuevamente como hermanos y se vistieron de luto por su amada, dando origen al río Negro que corre en busca del mar.

Hace muchísimo tiempo, Tupá, el dios de los guaraníes, decidió que las almas de los muertos que debían ir al cielo, lo hicieran volando y, para eso, le pidió al Protector de las Aves que les pusiera alas. Así lo hizo, y, cuando una persona buena fallecía, el Protector le colocaba alitas a su alma para que hiciera el viaje al Paraíso. Tan feliz estaba con esa tarea que buscó, para las almas bellas, alas que no solo sirvieran para volar, sino que además anunciaran las cualidades que había tenido su dueño.

Entonces, al cacique fuerte y justo, que murió defendiendo a su pueblo, le colocó un par de alas de águila y a aquél hombre trabajador que hizo su casa y ayudó a los demás a construir la suya, lo premió con alitas de hornero. Así colocó alas de palomas, alitas de picaflor y muchas más.

Jorivá era una muchachita huérfana que vivía con su anciana abuela en la tribu del cacique Cambá Guasú. La había criado luego de que sus padres murieran cuando apenas era una niña. Ahora, era la joven quien cuidaba a la viejita, mantenía la vivienda limpia, cocinaba y todo lo hacía con alegría, era feliz.

Además la muchacha se ganaba la vida como costurera, trabajadora y diligente, nunca le faltaban vestidos para confeccionar o remendar, siempre cortando telas con su tijera, que llevaba atada a la cintura por medio de un grueso cordón. Su dedicación se hizo tan popular que incluso desde las tribus vecinas la buscaban para hacer o arreglar ropa.

Llegó el invierno, particularmente crudo, y su abuela, vieja y enferma a pesar de los amorosos cuidados de su nieta, no lo soportó y una noche de intenso frío, murió.

(Foto: Mario Rodriguez).

Con una inmensa pena, Jovirá siguió trabajando, pero la desgracia sufrida terminó por borrarle la sonrisa de su rostro y perdió la alegría y el deseo de vivir. Muchos jóvenes intentaron acercarse a ella, pero el amor nunca llegó a su corazón.

Tupá, miraba a la joven con preocupación y le habló en sueños: “Jorivá ¿no dejarás que la felicidad regrese a tu corazón? ¿Acaso prefieres reunirte con tu abuela y tus padres, acá en el cielo?” a lo que ella contestó, dormida, pero sin dudar: “Tupá, si me concedieras esa gracia, mi alma volaría inmediatamente contigo”.

El dios, triste por la confesión de la joven, le encomendó al Protector de las Aves que buscara las alas más hermosas para el alma noble de la muchacha. Este, eligió suaves plumones de colores negros, grises y blancos, excluyendo los matices alegres y brillantes, ya que la vida de la muchacha había sido humilde y sacrificada.

“Tupá -le dijo el Protector- conocemos bien a Jorivá, más que el brillo de lujosas alas ella será feliz con su querida tijera y podemos obsequiársela”. Con la conformidad del dios, tomó las plumas de la cola y las estiró hasta lograr la apariencia de una tijera y además, le otorgó la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, como lo hiciera durante tanto tiempo cuando cortaba las telas.

Con la llegada de la primavera, después de un invierno tan duro, la tribu recuperaba su alegría y, animados por el calorcito, comenzaban a levantarse más temprano, pero esa mañana la puerta de la casa de Jorivá no se abrió. Sus vecinos, se acercaron presintiendo lo peor. Pero, su sorpresa fue grande cuando descubrieron en la ventana un pájaro que nunca habían visto. De lomo negro, pecho blanco y una larguísima cola en forma de tijera.

El ave se posó en un timbó cercano, agitó sus alas, y muy feliz trepó a los cielos. Todos en el pueblo supieron que era el alma de Jorivá que emprendía el viaje hacia el paraíso convertida en el pájaro que hoy llamamos tijereta.

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