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Leyendas

Hace muchísimo tiempo, Tupá, el dios de los guaraníes, decidió que las almas de los muertos que debían ir al cielo, lo hicieran volando y, para eso, le pidió al Protector de las Aves que les pusiera alas. Así lo hizo, y, cuando una persona buena fallecía, el Protector le colocaba alitas a su alma para que hiciera el viaje al Paraíso. Tan feliz estaba con esa tarea que buscó, para las almas bellas, alas que no solo sirvieran para volar, sino que además anunciaran las cualidades que había tenido su dueño.

Entonces, al cacique fuerte y justo, que murió defendiendo a su pueblo, le colocó un par de alas de águila y a aquél hombre trabajador que hizo su casa y ayudó a los demás a construir la suya, lo premió con alitas de hornero. Así colocó alas de palomas, alitas de picaflor y muchas más.

Jorivá era una muchachita huérfana que vivía con su anciana abuela en la tribu del cacique Cambá Guasú. La había criado luego de que sus padres murieran cuando apenas era una niña. Ahora, era la joven quien cuidaba a la viejita, mantenía la vivienda limpia, cocinaba y todo lo hacía con alegría, era feliz.

Además la muchacha se ganaba la vida como costurera, trabajadora y diligente, nunca le faltaban vestidos para confeccionar o remendar, siempre cortando telas con su tijera, que llevaba atada a la cintura por medio de un grueso cordón. Su dedicación se hizo tan popular que incluso desde las tribus vecinas la buscaban para hacer o arreglar ropa.

Llegó el invierno, particularmente crudo, y su abuela, vieja y enferma a pesar de los amorosos cuidados de su nieta, no lo soportó y una noche de intenso frío, murió.

(Foto: Mario Rodriguez).

Con una inmensa pena, Jovirá siguió trabajando, pero la desgracia sufrida terminó por borrarle la sonrisa de su rostro y perdió la alegría y el deseo de vivir. Muchos jóvenes intentaron acercarse a ella, pero el amor nunca llegó a su corazón.

Tupá, miraba a la joven con preocupación y le habló en sueños: “Jorivá ¿no dejarás que la felicidad regrese a tu corazón? ¿Acaso prefieres reunirte con tu abuela y tus padres, acá en el cielo?” a lo que ella contestó, dormida, pero sin dudar: “Tupá, si me concedieras esa gracia, mi alma volaría inmediatamente contigo”.

El dios, triste por la confesión de la joven, le encomendó al Protector de las Aves que buscara las alas más hermosas para el alma noble de la muchacha. Este, eligió suaves plumones de colores negros, grises y blancos, excluyendo los matices alegres y brillantes, ya que la vida de la muchacha había sido humilde y sacrificada.

“Tupá -le dijo el Protector- conocemos bien a Jorivá, más que el brillo de lujosas alas ella será feliz con su querida tijera y podemos obsequiársela”. Con la conformidad del dios, tomó las plumas de la cola y las estiró hasta lograr la apariencia de una tijera y además, le otorgó la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, como lo hiciera durante tanto tiempo cuando cortaba las telas.

Con la llegada de la primavera, después de un invierno tan duro, la tribu recuperaba su alegría y, animados por el calorcito, comenzaban a levantarse más temprano, pero esa mañana la puerta de la casa de Jorivá no se abrió. Sus vecinos, se acercaron presintiendo lo peor. Pero, su sorpresa fue grande cuando descubrieron en la ventana un pájaro que nunca habían visto. De lomo negro, pecho blanco y una larguísima cola en forma de tijera.

El ave se posó en un timbó cercano, agitó sus alas, y muy feliz trepó a los cielos. Todos en el pueblo supieron que era el alma de Jorivá que emprendía el viaje hacia el paraíso convertida en el pájaro que hoy llamamos tijereta.

Cuidado con el Llastay, se escuchaba seguido decir a los cazadores de guanacos. Es bormista y divertido, pero cuando algo no le gusta, hace que se enoje el cerro y la desgracia es segura.

Una mañana, muy temprano, Francisco salió a cazar guanacos. A poco de andar alcanzó a ver una tropa grande que pastaban tranquilos en lo alto de la montaña. “Hoy es nuestro día de suerte” le dijo al perrito que lo acompañaba señalando a los animales. Incluso divisó al Relincho, el guanaco jefe de la tropa, separado del grupo, siempre atento para alertar cualquier peligro con su relincho.

El cazador se escondió detrás de unas grandes piedras para emboscar a los animales cuando estos pasaran cerca. No tuvo que esperar mucho, su primer disparo dio en el blanco. Al instante el Relincho pegó un alarido de alarma y los demás guanacos que salieron disparados montaña arriba. Francisco siguió disparando y tres guanacos cayeron abatidos. El enojado Relincho galopó en dirección hacia el cruel cazador y también recibió un tiro, aunque la herida solo lo hizo renguear. El enorme guanaco pegó la vuelta y trepó el cerro hasta perderse de vista en la cima.

(Foto: Mario Rodriguez).

Francisco y su perro salieron en busca del animal herido y luego de varias horas encontraron, en un rincón encerrado entre las sierras, una casa grande hecha de piedra con la puerta oculta entre plantas espinosas. El perrito entró a la casa y desapareció, y a pesar de que Francisco lo llamara, el animal no volvía. Decidido, el cazador entró en la casa y se encontró con una oscura galería con muchas columnas y, atadas a ellas, muchos perros de todo tamaño y color, también su perro, que ladraba y forcejeaba para soltarse. De la penumbra apareció un viejo bajito de barba larga, con ojotas y vestido con ropa tejida con lada de guanaco, al verlo, el joven cazador se sobresaltó.

El viejo levantó la mano para calmarlo y le dijo: “no te asustes, no voy a hacerte daño. Soy el Llastay, hijo de la Pachamama, ella me envió a cuidar las tropas de guanacos y vicuñas y persigo a los despiadados, que cazan más de lo que necesitan, para castigarlos.

Por ser la primera vez que Francisco mataba a varios guanacos, el Llastay lo perdonó y lo dejó partir con su perro, pero con la advertencia de que si volvía a cazar más de lo necesario para alimentarse, no sería tan benévolo y recibiría un duro castigo. Luego, el viejito se dio la vuelta y caminó hacia la oscuridad, Francisco notó que rengueaba de una pierna y recordó al Relincho que había herido en la mañana y pensó “seguro que era Llastay”.

Desde ese día, el joven solo caza guanacos por necesidad y, por las dudas, les contó la historia a todos sus amigos que también cazan en los cerros.    

Fuente: www.librosycasas.cultura.gob.ar

Llastay, Yastay o Coquena, es una divinidad protectora de las vicuñas y guanacos presente en el norte de Argentina. Premia a los buenos pastores y castiga a los cazadores inescrupulosos que cazan con armas de fuego. A él se le debe pedir permiso y dejar ofrendas antes de cazar.

El cacique Aguará que en su juventud se destacó por su valor y fortaleza envejecía y se sentía débil y enfermo. Taca, su única hija, lo acompañaba en sus tareas. 

La valiente joven, siempre dispuesta a sacrificarse por su tribu, también participaba de las cacerías y, gracias a su habilidad con el arco, volvía con las mejores piezas. Todos la admiraban por su destreza, su bondad y, además, su belleza. Dos largas trenzas negras enmarcaban su hermosa cara de piel morena con ojos negros y expresivos y una brillante sonrisa.

Muchos jóvenes querían casarse con ella, pero Taca ya estaba comprometida con Ará-Naró, un valiente guerrero, con quien se casaría cuando este regresara de las selvas del norte adonde estaba cazando.

La vida transcurría tranquila en la tribu hasta que un día Petig, Carumbé y Pindó salieron al bosque en busca de miel, se separaron para abarcar más terreno y, estaban entregados en la búsqueda de los panales, cuando oyeron gritos desgarradores. Se trataba de Petig, sin armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar y para cuando llegaron sus compañeros a socorrerlo, ya era tarde, el animal le había dado muerte y Carumbé y Pindó corrieron a comunicar la terrible noticia. 

(Foto: Mario Rodriguez).

El miedo se apoderó de la tribu ya que nunca un animal salvaje había rondado la zona de la selva en donde ellos buscaban la miel y los frutos que les servían de alimento y, a pesar de tomar todas las precauciones posibles, el jaguar siguió causando víctimas entre los guaraníes. 

El Consejo de Ancianos se reunió y, con la aprobación del cacique, decidieron enviar a un grupo de valientes a dar muerte al animal. Grande fue la sorpresa de Aguará cuando se presentó solo un guerrero, Pirá-U, el resto no quiso arriesgar su vida. 

Pirá-U sentía gran admiración por el viejo Cacique ya que, años atrás, había salvado la vida de su padre y, el joven, desde entonces esperaba la oportunidad para demostrarle su agradecimiento. Así fue como Pirá-Ú salió solo en busca del jaguar. En la tribu todos esperaban ver al valiente muchacho volver con la piel de animal, pero pasó ese día, y el siguiente y varios más, y Pirá-U nunca regresó. 

El Consejo, nuevamente reunido, pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez ninguno respondió. Taca, indignada, reunió al pueblo y les dijo: “me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Estoy segura de que si Ará-Naró estuviera acá, él se encargaría de dar muerte a la bestia. Yo iré al bosque y traeré su piel, vergüenza les dará que una mujer tuvo más valor que ustedes”. 

(Foto: Mario Rodriguez).

El cacique, que se oponía a que su hija llevara a cabo una misión tan peligrosa intentó convencerla para que desistiera pero la decisión de Taca estaba tomada.

Justo cuando la joven se disponía a partir, los cazadores entre los que venía Ará-Ñaro, llegaron al pueblo, por lo que la joven le pidió a su novio que la acompañara a matar al felino.

“Tu no irás, seré yo quien dé muerte al jaguar” le dijo el joven pero Taca estaba muy decidida: “Ará-Ñaró, he dado mi palabra y voy a cumplirla, debemos partir “yahá, yahá”. (“vamos, vamos”). 

Una vez en el bosque, vieron a la hierba moverse cerca de un ñandubay y supusieron que el jaguar estaba cerca. Ara­Naró obligó a su novia a guarecerse detrás del árbol y avanzó decidido. De pronto, el felino emergió de entre los matorrales y con un rugido salvaje atacó a Ará-Naró que alcanzó a herir al animal pero no pudo evitar el zarpazo que le desgarró el cuello y lo tumbó a tierra. Al ver la situación, Taca de un salto se trabó en lucha con el animal ensangrentado pero fue en vano, tanto los jóvenes como el jaguar, perdieron la vida. 

(Foto: Mario Rodriguez).

Pasaron los días y, convencido de la muerte de los prometidos, el viejo cacique, fue consumido por la tristeza y murió. 
Toda la tribu lloró al anciano Aguará, que había sido un gran jefe, así que prepararon una gran urna de barro en donde colocaron el cuerpo del cacique, sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida. 

En el momento de enterrarlo, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, apareció gritando: “yahá”, yahá”. Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, el dios de los guaraníes, regresaban después de librar a sus hermanos del terrible jaguar, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso en caso de algún peligro. Por eso, el chajá y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo al grito de alerta: “yahá, yahá”.

Fuente: www.biblioteca.org.ar

Yasí-Rata, “estrella” en guaraní, nació a orillas de los esteros del Iberá y creció feliz hasta convertirse en un atractivo y soñador jovencito. Al llegar a la adolescencia se pasaba horas contemplando la luna y, poco a poco se estaba enamorando de ella.

Noche tras noche, Yasí Ratá, abandonaba su maloca para observar extasiado el cielo en busca de la reina de la noche. Estaba seguro que era correspondido y sentía que la luna lo acariciaba con su luz. Cuando las densas nubes cubrían el cielo y no podía verla, el joven se desesperaba y, a pesar de las burlas de sus amigos, se trepaba a los árboles más altos con la esperanza de observarla.

(Foto: Jijis/ Flickr).

Yasí-Rata decidió abandonar su pueblo con la ilusión de poder abrazar a su amada en el momento que ella tocase el horizonte. Caminó y caminó, por tupidas selvas, por valles interminables, vadeó ríos y escaló cerros y montañas hasta alcanzar la cima de la más alta pero todos sus esfuerzos eran inútiles.

Apenado y con sus pies ampollados, antes de regresar, se sentó sobre la tierra húmeda y hundió sus pies heridos en una laguna, fue entonces cuando la vio, redonda y blanca, en el medio del lago. Confundiendo el reflejo con la realidad, Yasí-Rata se arrojó al agua confiado en poder abrazarla pero la imagen de su amada desapareció y Yasí Ratá nunca regresó a la superficie, en su lugar al amanecer aparecieron unas misteriosas plantas, de verdes hojas redondas rodeando una flor blanca y brillante.

(Foto: Ezthaiphoto/ 123RF).

Los guaraníes llamaron a esta extraña flor, Irupé y supieron que su dios Tupá, compadecido por el amor tan puro y desinteresado de Yasí Ratá, lo había transformado en aquella planta de hojas circulares como discos para que el joven pueda observar a su amada todas las noches sin separarse de ella.

Fuente: www.identidad-cultural.com.ar

Pillán es el amo de la montaña, en la tierra mapuche cada montaña tiene dueño. Pillán es un espíritu que protege al volcán y a la naturaleza. Vive bien arriba, en la cumbre, adonde nadie se anima a llegar y desde allí vigila y cuida de los animales del lugar. Ahora, cuando el espíritu se enfurece, provoca tormentas, derrumbes y erupciones; mejor no enojar al Pillán, porque calmarlo, exige terribles sacrificios.

Cierto día, un grupo de jóvenes cazadores de la tribu del cacique Huanquimil dejó el valle de Mamuil Malal (en la zona de Junín de los Andes, Neuquén) en donde vivían, siguiendo las huellas de un huemul (ciervo andino), cuya carne les proporcionaba alimento y su piel, abrigo.

Estaban armados con arcos, flechas y cuchillos y los perros que los acompañaban, olfateaban el rastro del animal; este al verse acorralado abandonó el bosque y trepó hacia la cumbre, los cazadores se separaron, trepando por distintas sendas, para acorralar a la presa que huía cuesta arriba. Estaban casi en la cima de la montaña cuando, por fin, lograron alcanzar al cansado ciervo y darle muerte.

Agotados también, los cazadores se sentaron a descansar antes de iniciar el descenso y al mirar a su alrededor, no reconocieron el lugar, nunca habían subido tan alto. Una extraña sensación los empujó a regresar rápidamente a su ruca (vivienda tradicional mapuche) por lo que cargaron al huemul muerto e iniciaron el descenso.

Ya en su pueblo, antes que pudieran despellejar al animal, el volcán empezó a humear y, durante toda esa noche, la montaña tembló. En los días siguientes el humo cubrió el cielo ocultando los rayos del sol y el suelo caliente no dejó de temblar bajo los pies de la gente de Huanquimil. De nada sirvieron los ruegos y las ofrendas, nada detenía la ira del Pillán.

La machi (chamana, hechicera mapuche) se aisló en la cueva de una montaña para meditar y después de dos días volvió con la solución: solo una ofrenda calmaría al espíritu, Huilefún, la hija de Huanquimil que además, debía ser llevada hasta la cima del volcán por el joven más valiente de la tribu.

Quechuán, el guerrero elegido, tomó de la mano a Huilefún y juntos marcharon por el camino cuesta arriba hasta desaparecer entre las nubes de humo. Los jóvenes trepaban sin hablar y a medida que subían el calor aumentaba y el aire, cargado de cenizas, se volvía irrespirable. Al llegar al borde del cráter el joven abrazó a la princesa pero no pudo evitar que un inmenso cóndor se abalanzara sobre ellos y arrancara a Huilefún de sus brazos, con sus garras la levantó por el aire y voló hasta el centro del cráter humeante, en donde la dejó caer.

Sin nada que hacer Quechuán corrió cuesta abajo al tiempo que un frío invadió la montaña y comenzó a nevar. Dicen los mapuches más viejos, que les contaron sus antepasados que aquella fue la nevada más grande que recuerdan y duró tantos días que apagó para siempre el fuego del cráter.

Desde entonces el Lanín es un volcán apagado.

Fuente: endepa.madryn.com

En el cauce del río Iguazú, cuando las aguas, alimentadas por las lluvias, corrían mansas vivía Mboi, el dios-serpiente, un temible centinela de las profundidades capaz de desatar su ira y provocar tempestades, arrancar de cuajo los arboles más grandes de la selva e incluso arrasar aldeas enteras. Los pueblos guaraníes, habitantes de la zona, le temían e intentaron aplacar su furia con ofreciéndole muchos regalos pero, ni los frutos más jugosos, ni las más aromáticas flores, ni la miel más dulce lograron calmar al dios. Solo cuando comenzaron a entregarle todos los años a una bella joven, lograron apaciguar su enojo.

Durante la triste ceremonia, la muchacha elegida se internaba en las aguas para no regresar jamás, mientras desde la orilla del río, todo su pueblo y los miembros de otras tribus que llegaban desde muy lejos para participar del cruel ritual, la despedían con tristeza. Las jóvenes que se ofrecían en ofrenda aceptaban su suerte con resignación porque sabían que su sacrificio salvaría a su gente de la furia de Mboi.

Cierta vez llegó de tierras lejanas el joven cacique Tarobá, quien, a pesar de su juventud, lo hacía al frente de sus guerreros que lo seguían sin dudar porque ya había demostrado su liderazgo y coraje frente al enemigo. Fue recibido con los honores dignos de todos los jefes guaraníes, disfrutó de sabrosos manjares y fue agasajado con danzas y canciones. Luego de la formidable bienvenida, el joven salió a caminar por la costa del río, lejos del bullicio, en donde encontró a Naipí, una bella joven de ojos negros que sonrió al verlo, pero sin poder ocultar la tristeza que la embargaba.

Tarobá se sintió inmediatamente atraído por la muchacha y al enterarse que era la elegida para ser entregada como ofrenda al dios-serpiente decidió enfrentar a los ancianos de la tribu para convencerlos de no sacrificar a la joven, pero todo fue en vano, sus palabras y sus ruegos no fueron escuchados.

Entonces el cacique, perdidamente enamorado de Naipí, decidió raptarla y la noche anterior al sacrificio, cuando todos dormían, burló a los guardias y logró llegar hasta donde la joven esperaba su destino. La cargó en sus brazos hasta una canoa que había escondido entre los juncos de la orilla y antes de que notaran su ausencia, navegaron río arriba, contra la corriente, tratando de escapar.

(Foto: Mario Rodriguez).

Al enterarse de la fuga, el despiadado Mboi, salió a buscar a la pareja por el cauce del río hasta que al encontrarlos, se encorvó y lanzó un golpe con tanta furia que hizo temblar hasta las entrañas de la tierra abriendo profundas grietas en donde las aguas del río Iguazú se precipitaron formando unas cataratas gigantescas. Taroba, a pesar de remar con todas sus fuerzas, no pudo evitar que la frágil canoa fuera arrastrada por las aguas y cayera desde una gran altura provocando la muerte de los fugitivos.

Pero el cruel dios-serpiente además de tomar la vida de los amantes y, sospechando que un amor tan inmenso pudiera seguir en el más allá, decidió separarlos para toda la eternidad. Entonces transformó a Naipí en una de las grandes rocas en medio de las cataratas, en donde recibe el golpe de las aguas y a Tarobá en un árbol que desde la orilla del abismo parece mirar la roca en que fue convertida su amada.

(Foto: Mario Rodriguez).

Los guaraníes vieron a Mboí sumergirse en la Garganta del Diablo desde donde custodia a los enamorados para que no puedan estar juntos nunca más, pero en los días de sol, entre la bruma de las aguas que se precipitan, se forma un arcoíris que comienza en una gran roca del centro de la catarata y llega hasta un árbol de la orilla. Un arcoíris que vuelve a unir a Naipí y Tarobá.

Fuente: sites.google.com/site/cuentanquehacemuchomuchotiempo/las-cataratas-del-iguazu

Hacía mucho tiempo que no llovía y el sol lo quemaba todo. Las plantas se secaban, los animales se morían y el pueblo quechua con muy poco que comer le rogaba a los dioses que les mandaran agua, pero la diosa lluvia, que estaba muy lejos, no escuchaba las súplicas de la gente.

Como último recurso, las personas decidieron reunir lo poco que les quedaba para comer y ofrecérselo a los dioses esperando que estos, contentos con la ofrenda, hicieran llover. Prepararon una gran olla apoyada sobre unas piedras muy grandes en donde cada familia ponía lo que podía. A pesar del hambre y el cansancio, la gente traía un poco de maíz, papas, cebollas, ajíes y carne seca, incluso los niños llegaban con puñados de porotos. Otros acarreaban pedazos de zapallo y los tomates que quedaron de la última cosecha.   

Las familias seguían llegando, tristes y desesperadas, a dejar lo poco que les quedaba para llenar la enorme olla y contentar a los esquivos dioses.

Un cóndor, que observaba todo desde un cerro cercano, al ver el sufrimiento de la gente, decidió salir en busca de la diosa lluvia. Voló sin parar con toda la fuerza de sus alas, a pesar del viento que lo maltrataba, hasta que por fin la encontró y le contó lo que pasaba. Esta, inmediatamente le pidió al ave que la guiara hasta el pueblo.

A llegar, el cóndor agradecido volvió a su cerro y la lluvia, dispuesta a ayudar, comenzó a cubrir el cielo con nubes oscuras pero, al ver el sacrificio que hacía esa gente para llenar el gran recipiente, pensó que se merecían algo más.

(Foto: Matyas Rehak/ 123RF).

Entonces, con un rayo directo a la olla, prendió un fuego y su contenido se empezó a cocinar. Las familias pensaron que era un castigo de los dioses porque no les había gustado el regalo y asustados se refugiaron en una cueva del cerro desde donde observaban lo que pasaba. Al rato empezaron a sentir un aroma riquísimo que venía de la olla y a pesar que se les hacía agua la boca con ese olor exquisito, nadie se movió.

Así estuvieron mucho tiempo sin salir de su refugio y sin dejar de mirar a la humeante olla que hervía haciendo burbujas.

De pronto, desde el cielo oscuro, se escuchó una voz que dijo: “está listo el alimento, coman tranquilos y unidos, todo lo que está en la olla es para ustedes y, cuando terminen el guiso serán premiados”.

Nadie entendía lo que pasaba pero era la voz de una diosa y debían obedecer. Se acercaron con cuencos y vasijas, repartieron la comida y se sentaron todos juntos a comer. Luego de tantas penurias y carencias, algunos lloraron emocionados y luego de probar el manjar, rieron de felicidad y comieron hasta terminar todo lo que había en la olla.

Fue justo después del último bocado que el cielo retumbó con un primer trueno al que le siguieron varios más. Y las gotas empezaron a caer sobre la tierra seca, y mojaron las caras felices, y los polvorientos árboles y los animales sedientos; se llenaron los ríos y los arroyos y volvió la vida para todos. Desde ese día, la diosa lluvia fue la más amada y el locro, la comida favorita del pueblo.

Así nació el locro, palabra que proviene del quechua ruqru o lucru, un guiso de origen precolombino realizado sobre una base de zapallo, maíz y porotos. Si bien en cada una de las provincias argentinas se lo prepara de distintas maneras, lo que permanece invariable son sus ingredientes básicos y la cocción a fuego lento durante varias horas.

Fuente: www.ediba.com               

Los bosques patagónicos cubiertos de ñires, lengas y coihues anuncian la llegada del otoño con una explosión multicolor, las hojas de los árboles se tornan amarillas, naranjas hasta llegar al rojo intenso. Esta transformación que se repite año tras año, marcaba también el inicio de los preparativos de los antiguos Tsonekas (Tehuelches), originarios de la zona, para emigrar hacia el norte en donde el frío no era tan extremo y no faltaba la caza.

También mirá. La leyenda de la yerba mate.

Fue en una de esas migraciones, que Koonex, la anciana curandera de la comunidad, después de varios días de marcha, con sus piernas viejas y agotadas apenas podía avanzar, pero tampoco podía detener la marcha de su gente. Entonces, las mujeres le confeccionaron un kau (toldo con pieles de guanaco), juntaron abundante leña y alimentos y se despidieron de la vieja mujer que asumía su destino y observaba con sus cansados ojos como sus seres queridos se perdían a lo lejos.

(Foto: KAU Archivo General de la nación Argentina).

Pasaron los meses, los soles, las lunas y el invierno hasta que, con los nuevos brotes, las golondrinas, los chorlos y los chingolos, llegó la primavera y también volvía con ella, la vida.

Conocé más. La leyenda de Ansenuza (o Mar Chiquita).

Una bandada de aves que se posó sobre el toldo de la anciana escuchó que, desde el interior, la voz de la curandera los retaba por haberla dejado sola durante el crudo invierno. A lo que un chingolito respondió “nos fuimos porque en otoño el alimento escasea y en invierno, los árboles desnudos no nos abrigan del frío.” “Los entiendo” respondió la anciana, “por eso, desde ahora podrán quedarse, tendrán alimento en otoño y abrigo en invierno, y yo, ya no estaré sola”. De pronto, una ráfaga de viento voló los cueros del toldo y en lugar de Koonex se hallaba un arbusto espinoso, de perfumadas flores amarillas que se harían fruto en el verano y antes del otoño madurarían tomando un color morado de abundantes semillas y dulce sabor. Desde entonces algunas aves no se fueron nunca más y las que se habían ido, regresaron para probar el novedoso fruto.

De paseo. El Calafate: crucero entre los glaciares.

(Foto: Mario Rodriguez).

Otra historia. La leyenda del viento Zonda.

Los Tsonekas también probaron el nuevo alimento y lo adoptaron para siempre, ya que sabían que había nacido del generoso corazón de Koonek (calafate en lengua tehuelche). Desparramaron las semillas en toda la región y, desde entonces “el que come calafates, siempre vuelve a la Patagonia.”

Calafatear: antiguamente, a falta de cáñamo, el fruto del calafate se utilizaba para sellar las juntas de las tablas de las cubiertas o del casco de los barcos que llegaban a la Patagonia. En la actualidad, a pesar de utilizarse productos sintéticos para realizar esta operación, se la sigue denominando “calafatear”.

Cuenta la leyenda que Ansenuza, la diosa del agua, vivía en un palacio de cristal en una inmensa laguna de agua dulce. Poseía la deidad una belleza sin igual más era cruel y egoísta, y aunque nunca le faltaron pretendientes, no conocía el amor.

Un día, mientras recorría la orilla del lago, Ansenuza observó a un joven sanavirón tendido sobre la arena. Lentamente se acercó para atacarlo pero al ver al intruso inmóvil notó que se trataba de un fuerte guerrero gravemente herido. El joven, al advertir la presencia de la diosa esbozó una triste sonrisa, se sentía morir, y no podía admirar la hermosura que tenía enfrente. Ella inmediatamente se enamoró de él y, luego de cruzar sus miradas, sintieron un hechizo de amor que les conmovió el alma.

Pero las graves heridas del joven impidieron a la diosa salvarlo y murió en sus brazos. De pronto las calmas aguas del espejo comenzaron a agitarse fuertemente. Llena de angustia y tristeza, Ansenuza no pudo contenerse y comenzó a llorar sobre el cuerpo de su amado. Lloró tanto, tanto, que sus lágrimas volvieron saladas las aguas del lago.

¿Sabías? La leyenda del viento Zonda.

Al amanecer del día siguiente, el joven despertó y, gracias a las lágrimas curativas de la diosa, todas sus heridas habían cicatrizado. Al incorporarse notó la increíble transformación a su alrededor: la playa se había vuelto blanca y las aguas lucían turbias y saladas, pero su amada ya no estaba. Desesperado, el guerrero se metió en el agua a buscarla,  se alejó cada vez más de la costa y cuando el agua cubrió su cintura, comenzó a nadar. Sintió que su cuerpo flotaba como si alguien lo sostuviera y lo acariciara, fue entonces cuando supo que su amada estaba allí presente.

(Foto: Agencia Córdoba Turismo).

Más historias. La leyenda de la yerba mate.

Los demás dioses, testigos de aquel gran amor, convirtieron al joven guerrero en una hermosa ave de plumas rosadas y desde entonces, un elegante flamenco, custodia como un fiel guardián, las aguas curativas del Mar de Ansenuza.

Las fotos son gentileza de la Agencia Córdoba Turismo y la Municipalidad de Miramar de Ansenusa.

La cuarentena pasará y, poco a poco, volveremos a las rutas para conocer nuestro país. Mientras tanto, empecemos por sus raíces.

De noche Yací, la luna, alumbra desde el cielo las copas de los árboles y el agua de los ríos misioneros. Pero, el denso follaje de la selva no le dejaban ver las maravillas que, el sol le contó, existían sobre la tierra: los animales, la belleza de las flores, el piar de las aves, el sonido del río y los coloridos picos de los tucanes.

Un día bajó a la tierra acompañada de Araí, la nube, y juntas, convertidas en muchachas, visitaron los lugares que veían desde las alturas, maravillándose a cada paso, observaron como las arañas tejían sus redes, sintieron el frío del agua del río y tocaron la tierra roja con sus manos, estaban tan distraídas y felices, que no escucharon al yaguareté que se acercaba sigiloso y súbitamente saltaba sobre ellas. En ese momento se escuchó el silbido de una flecha disparada por un viejo cazador guaraní, que justo pasaba por el lugar, que hirió de muerte al animal. Las jóvenes inmediatamente desaparecieron y el tirador no supo que había salvado la vida de dos diosas.

También mirá. La leyenda del viento Zonda.

Esa noche, acostado en su hamaca, el viejo tuvo un sueño extraordinario. Volvía a ver al yaguareté agazapado, volvía a verse a sí mismo tensando el arco, volvía a ver a dos mujeres de piel blanca y larga cabellera. Ellas parecía que lo esperaban y cuando estuvo a su lado, Yací lo llamo por su nombre y le dijo:

(Foto: Mariano Mantel/ Flickr).

“Yo soy Yací y ella es mi amiga Araí. Queremos darte las gracias por salvar nuestras vidas. Fuiste muy valiente, por eso voy a entregarte un premio y un secreto. Mañana, cuando despiertes, vas a encontrar ante la puerta de tu vivienda una planta nueva que llamarán caá. Con sus hojas, tostadas y molidas, prepararás una infusión que acercará los corazones de tus seres queridos y ahuyentará la soledad. Es mi regalo para vos, tus hijos y los hijos de tus hijos.”

Al despertarse a la mañana siguiente, el cazador vio una planta desconocida de hojas brillantes y ovaladas que crecía por todos lados. Recordó las instrucciones de Yací y tostó las hojas y, una vez molidas, las colocó dentro de una calabacita hueca. Buscó una caña fina, vertió agua y probó la nueva bebida. Inmediatamente compartió la infusión con su gente que lo observaban curiosos. El recipiente fue pasando de mano en mano: había nacido el mate.

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