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Playas

El agua no será cálida y la distancia desde las principales ciudades argentinas tampoco es corta: sin embargo, las playas de la Costa Atlántica bonaerense son un clásico imbatible, que combinan recuerdos de infancia con anchas franjas de arena y el placer irrenunciable a jugar entre las olas.

Por Graciela Cutuli

¿Qué tendrán las costas bonaerenses que pasan las temporadas y ellas siempre vuelven? En el Partido de la Costa, en Pinamar y en Mar del Plata no encontramos ni la calidez de las aguas del Caribe ni el encanto agreste de las brasileñas. Y el vientito (¡o vendaval!), todos los conocemos… sin embargo, no hay con qué darles: pasó diciembre, llega enero, siguen febrero y marzo… y no hay veraneante argentino que no sueñe aunque sea un ratito con todo lo que sí tienen estas playas: arenas finas y extensas para caminar hasta cansarse pisando la orilla de las olas de un balneario a otro; atardeceres magníficos y frescos para reponerse de los días al sol y dormir mejor que nunca; el eco de los vendedores de helados, choclos y churros que conforman el ABC de las vacaciones playeras; las noches de asado con amigos hasta que se arme la movida para ir a ver la salida del sol… Por eso, aquí una guía con playas bonaerenses para todos los gustos. El que busca, encuentra la suya.

Costa del Este, la playa del millón de pinos. (Foto: Diego Gorzalczany/123RF).

Mar del Plata (para citadinos a ultranza)

Si no se puede prescindir de la vida urbana, Mar del Plata tiene de todo para tentar. Empecemos por las playas: desde las del norte (las de Camet), entre acantilados que protegen del viento, están entre las favoritas de los pescadores. Más al centro aparecen las más concurridas y tradicionales: La Perla, Popular, Bristol -frente a la rambla y el Casino- y Varese, en la zona del Torreón: todas son de fácil acceso e ideales para sociables que pegan sus sombrillas unos con otros. A continuación Playa Chica -con sus protectoras rocas- y Playa Grande, naturalmente más cool porque está cerca de los Troncos y el Golf. Pasando el puerto -un clásico para ir comer pescado y mariscos- viene la línea de balnearios de Punta Mogotes, a lo largo de tres kilómetros. Tienen todos los servicios y un acceso fácil en auto (eso sí, a la hora de la vuelta hay que armarse de paciencia). Y finalmente, las playas más top de Mar del Plata están al sur del faro, entre zonas boscosas, barrancas y acantilados. Están los jóvenes y el epicentro de la movida marplatense.

La playa más visitada de Argentina. (Foto: Pablo Borca/123RF).

¿Y si llueve? Mar del Plata no tiene rival. Se puede visitar el Museo de Arte MAR, el Museo de Victoria Ocampo, la Casa del Puente, el Museo Castagnino y la casa de té del Bosque Peralta Ramos.

El Partido de la Costa

Bien puesto tiene el nombre esta porción de la provincia de Buenos Aires que reúne balnearios muy cercanos -tanto que por la playa varios se pueden conectar caminando- pero todos diferentes. En el extremo norte está San Clemente del Tuyú, con la reserva de Punta Rasa, donde se practica kitesurf, el oceanario Mundo Marino y el parque acuático Termas Marinas, que tiene aguas termales pero también juegos para los chicos. Luego vienen Las Toninas, Santa Teresita y la idílica Costa del Este, “la playa del millón de pinos”, cuyas casas de madera y piedra brotan en medio del bosque. A continuación Aguas Verdes, la Lucila, Costa Azul, San Bernardo y Mar de Ajó: las dos últimas son los principales centros de servicios de esta porción de la costa y San Bernardo en particular una de las favoritas de los adolescentes. Finalmente, la zona de médanos de Costa Esmeralda -un gran country marítimo- linda con una de las estrellas de las playas bonaerenses: Pinamar, un capítulo aparte.

Mar de Ajó, una de las más populares. (Foto: Luis Csar Tejo/123RF).

Pinamar y Cariló

El nombre lo dice: un mar junto a la línea de playa, pero también una ciudad cada vez más constituida como destino VIP de la costa argentina. Pinamar tiene desde grandes casonas para las familias que lo eligen todos los años hasta apart-hoteles y departamentos para los grupos de amigos que se inician en sus vacaciones independientes: ellos le ponen movimiento a la playa y, sobre todo, a las salidas nocturnas. Un clásico son las salidas a caballo, al atardecer, por las playas menos concurridas; la versión motorizada también existe y consiste en salir a explorar los médanos en vehículos todo terreno, diseñados para este tipo de paseos y capaces de ingresar en lugares que de otro modo serían inaccesibles. Pinamar se destaca también por la calidad de su propuesta gastronómica y forma casi un solo conjunto con Ostende -el balneario donde pasó Saint-Exupéry- y Valeria del Mar, con sus barrios tranquilos de casas junto al mar. Un paso más allá está el balneario VIP del partido de Pinamar: Cariló, construido en el corazón de un añoso bosque. Aunque creció imparable en los últimos años, no solo con casas sino con numerosos complejos de cabañas y apart-hoteles, conserva su encanto agreste y es ideal no solo para alojarse sino para visitarlo por el día, pasear por el bosque y hacer compras en su centro comercial, cuyo núcleo más antiguo fue levantado en madera.

Pinamar, un clásico de los veranos. (Foto: Horacio Causarano/123RF).

Villa Gesell

Fue el destino hippie por excelencia, pero ahora concentra no solo a jóvenes sino a numerosas familias atraídas por la renovación de su frente costero con una gran pasarela de madera, sus extensas playas y la animación del centro comercial organizado en torno a una gran avenida peatonal. Además del día de playa que siempre se elige cuando hay buen tiempo, en Villa Gesell se pueden tomar excursiones de aventura para salir a conocer los médanos vivos que llevan hasta el faro Querandí: solo se puede hacer en vehículos 4×4 y es una excelente opción para descubrir el lado B del balneario. También se puede conocer la casa del fundador, Carlos Gesell, y animarse hasta la cercana Mar Azul para practicar algo de sandboard en los médanos. Además está muy cerca de Mar de las Pampas, otro balneario en medio del bosque que creció hasta convertirse en el más top de la región en las últimas décadas.

Una playa con muchas opciones. (Foto: Jens Ickler/123RF).

Dicen que las playas de Las Grutas son las mejores de Argentina, en sus alrededores, hay varias más por descubrir.

El cambiante entorno costero de la región sigue el comportamiento del mar. Las mareas diferencian los paisajes como si se tratase de dos lugares distintos. Incluso tienen influencia directa con uno de los atractivos de la zona: la temperatura del agua. Durante la bajamar, el sol calienta el lecho marino, el calor acumulado se transfiere a la masa de agua que ingresa durante las horas de pleamar, provocando que sean más cálidas que en otras playas de la costa argentina.

Las Grutas

Para acceder a las playas de esta ciudad hay que bajar escaleras o rampas denominadas bajadas numeradas del cero al siete. Las famosas grutas, que le dan nombre al lugar, están en la bajada uno, la más céntrica y concurrida. Incluye música constante y por la tarde, multitudinarias clases de zumba. De la bajada tres parten las excursiones en gomones y las clásicas bananas. La cuatro y cinco son ocupadas por los más jóvenes. La seis y siete para los que buscan alejarse del bullicio y sentarse en la arena con los codos en las rodillas a mirar el atardecer.

La bajada uno, en Las Grutas, para los que no quieren desconectarse del ritmo de ciudad. (Foto: Mario Rodriguez).

Piedras Coloradas

Para alejarse de la congestión de sombrillas pero, con paradores y servicios, a poco más de cuatro kilómetros hacia el sur de la ciudad, se encuentra Piedras Coloradas. Este balneario tranquilo y con amplias playas, debe su nombre a las formaciones rocosas de color rojizo que crean un ambiente casi lunar. En la zona también hay médanos en donde es posible practicar sandboard. Se puede llegar a pie por la costa, durante la marea baja, o en auto por un camino en buen estado.

Muy cerca de Las Grutas, Piedras Coloradas, ofrece paradores y servicios lejos del bullicio. (Foto: Mario Rodriguez).

El Buque

Para una desconexión total, la playa El Buque, a ocho kilómetros al sur de Las Grutas, tiene inmensas superficies de arena y muy poca gente para compartirlas. Su nombre se debe a una formación rocosa que queda expuesta durante la bajamar y se asemeja a un buque. Siempre queda agua atrapada entre las rocas, ideal que los más chiquitos chapoteen. Para disfrutar un día al aire libre pero, como no existen paradores ni kioscos en la zona, hay que llevar todo lo necesario.

Sin paradores ni kioscos, El Buque, es lo más parecido a una playa virgen en la zona. (Foto: Mario Rodriguez).

Las Conchillas

A 60 kilómetros de Las Grutas, antes de ingresar a San Antonio Este, la franja costera se tapiza de millones de conchas marinas que generan una interminable playa blanca. Son kilómetros y kilómetros de un paisaje blanco que resalta el turquesa de las aguas del mar. En el lugar se estacionan suntuosos motorhomes y casillas rodantes. Carpas, toldos, sombrillas y todo lo necesario para cubrirse del sol son imprescindibles, la sombra es prácticamente inexistente. Hay paradores con buena gastronomía.

Millones de fragmentos de conchas marinas hacen de la Las Conchillas una playa muy particular. (Foto: Mario Rodriguez).

Punta Perdices

En Punta Perdices el mar ingresa tierra adentro cientos de metros y genera una pequeña bahía –abrigada del viento- de aguas cristalinas y calmas sobre el inmenso colchón de conchillas. Para acceder a “Caleta Falsa”, como también se la conoce, se ingresa por el Puerto San Antonio Este –a 60 kilómetros de Las Grutas- y se avanza por la costa unos dos kilómetros.

Temporadas atrás, este paraíso escondido era visitado solo por lugareños. Su fama crece verano a verano, y las sombrillas, cada vez más cerca entre ellas. Llevar todo lo necesario para pasar el día y mucho protector solar.

Punta Perdices es un paraíso escondido que cada verano convoca a más visitantes. (Foto: Mario Rodriguez).

Colombiana, cálida, de aguas transparentes, de fondos marinos coloridos. Un paraíso tropical que tienta con los sabores caribeños, con la danza y la música, pero sobre todo con playas infinitas bordeadas de palmeras.

Por Graciela Cutuli

El archipiélago de San Andrés es una de las joyas del Caribe colombiano, aunque una mirada más atenta al mapa revela que está a 800 kilómetros de las costas continentales de Colombia y bastante cerca de Nicaragua. Desde Bogotá se llega en unas dos horas de vuelo, lo suficiente como para marcar cierta distancia con estas islas donde el crisol de razas incluye a los “raizales” -los descendientes de los pobladores originarios, con algo de indígena centroamericano y algo de africano- y a los “isleños”, oriundos de otras partes de Colombia pero establecidos aquí porque San Andrés lo tiene todo para ser una suerte de tierra prometida. Con facilidad, todos pasan del castellano al kriol y del kriol al inglés: no hay forma de no comunicarse con esta gente cálida y amable que tiene una cultura propia, tal como el Estado colombiano lo reconoció oficialmente al comenzar los años 90.

De Colón a los piratas

La historia de San Andrés parece digna de los piratas del Caribe. Colón puso pie en el archipiélago en 1492, en su viaje inaugural hacia lo que pensaba eran las Indias, y más tarde se asentaron aquí colonos ingleses llegados de otras islas caribeñas. Después fue el turno de los esclavos, y luego el del pirata Henry Morgan: fue así que, cuando en el siglo XVIII España recuperó San Andrés, la gente ya hablaba inglés y kriol, una lengua mestiza nacida de la necesidad y del crisol de razas, pero también ideal para comunicarse con otras pequeñas comunidades de pescadores del Caribe. Durante la vuelta a la isla -una excursión que se conoce como “city tour”- se advierte la presencia de numerosas iglesias -las hay bautistas, evangélicas, católicas- y dos atractivos naturales: el Hoyo Soplador, un chorro de agua que salta apenas las olas cubren un hueco formado entre las rocas, y la Piscina Natural West View, para lanzarse al mar y hacer snorkel apreciando la colorida fauna marina.

A la piscina natural West View, se puede acceder por medio de escaleras, un trampolín o un tobogán. (Foto: Pablo Hidalgo / 123RF).

Varios siglos más tarde, este territorio es un paraíso turístico donde se asientan hoteles all inclusive y la vida transcurre bajo el sol de un eterno verano. Con una ventaja extra: San Andrés rara vez sufre los huracanes que azotan la región varios meses al año. La isla principal, cuya forma recuerda a un hipocampo, tiene 27 kilómetros cuadrados donde disfrutar de la playa, los arrecifes de coral y los atardeceres regados con “coco loco” (vodka, tequila, ron blanco, jugo de limón y leche de coco) o una tradicional piña colada.

La mayor parte de las construcciones se encuentran en la parte norte de la isla, donde solo en el 30% del territorio está permitido.

San Andrés fue declarada Reserva de la Biosfera: recorriendo la ruta principal que bordea la costa se ve cómo se alternan las costas de roca coralina con las playas, de donde no se debe llevar ni arena ni caracoles para no contribuir a la erosión de un territorio frágil ya sometido a la intensa acción del mar. Antes de navegar hasta los cayos -pequeños islotes de aguas cristalinas- que rodean la isla principal, hay varios lugares para conocer: sobre todo la Cueva de Morgan, donde la leyenda asegura que aún está oculto el tesoro del pirata, y el Museo del Coco, para sorprenderse con todo lo que puede surgir de este fruto tropical, un ingrediente infaltable de la cocina caribeña. Ambos están en el mismo complejo, junto a una Galería de Arte Nativo y el Museo del Pirata, que evoca aquellos tiempos de conquistas y luchas más sangrientos que románticos.

Johnny Cay, Rose Cay y Haines Cay

Coco-loco
“Coco loco”, otra de las atracciones del archipiélago. (Foto: Craig Hastings / 123RF).

Las playas céntricas de San Andrés son muy bonitas, bordeadas de palmeras, arena fina y aguas soñadas. Pero es en los cayos donde se descubre por qué se dice que este archipiélago tiene el “mar de siete colores”. Generalmente los paseos abarcan tres de estos islotes en el día, especialmente Johnny Cay (Islote Sucre, su nombre oficial, es uno de los más grandes), Rose Cay (también conocido como El Acuario) y Haines Cay. También se puede elegir pasar el día solo en uno de ellos, generalmente Johnny Cay, porque es el que cuenta con más servicios. Allí mismo iguanas y colibríes abundan más que la gente, porque este cayo también es una reserva natural. Rose Cay es más pequeño y es el favorito para hacer snorkel entre los arrecifes coralinos, para luego pasar -¡a pie por el mar!- hacia el mínimo Haines Cay, donde solo hay palmeras y un puñado de visitantes que toman tragos en un pequeño bar de estilo jamaiquino.

Buzios, a sólo tres horas de Río de Janeiro, regala a quienes la visitan paisajes espectaculares.

Dos advertencias antes de comprar el pasaje. Primero, la belleza del lugar y sus intensos colores atrapan. Segundo, cuando uno empieza a caminar y a descubrir rincones, no puede ni quiere parar.

Joao Fernandes y Joao Fernandinho

Si se busca glamour, nada mejor que instalarse en las playas de Joao Fernandes y Joao Fernandinho. A sólo dos kilómetros del centro de Buzios, su mar de aguas calmas y tonalidades azules las convierten en las más visitadas por los turistas, especialmente los que llegan desde tierras argentinas. En su costa hay numerosos bares y restaurantes, y lugares para alquilar cadeiras (reposeras) y sombrillas. En una extensión de 800 metros, Joao Fernandes acoge a jóvenes y familias, mientras que en la pequeña Joao Fernandinho, de sólo 100 metros, las familias ocupan casi exclusivamente todo el lugar. Imperdible realizar un paseo en kayak o dedicar tiempo al buceo. Un bonus de ambas playas: el bote que vende tragos (gran idea).

Tartaruga y Ferradura

Si bien llegar a Tartaruga no es fácil (la calle para acceder en auto está en construcción), vale la pena el esfuerzo de hacerlo caminando. La playa se despliega a lo largo de dos kilómetros, bañada por un mar calmo y de aguas calientes. Su nombre se debe a la existencia de pequeñas tortugas en la orilla que, con un poco de suerte, se dejan ver. Una característica llamativa de este lugar son los corales que ocupan una parte importante de la playa, perfectos para realizar buceo. Las promociones de caipirinhas de los bares logran reunir a una gran porción de la juventud, y en el panorama no faltan lanchas, kayak y gente haciendo stand up sobre tablas. Nadie se debería ir de Buzios sin deleitarse con un atardecer en Tartaruga.

Por otro lado, encerrada entre dos morros se encuentra Ferradura, una playa en forma de “U” cuyo nombre en español significa “herradura”. Es una zona muy popular en Buzios, a la que acuden grandes y chicos para disfrutar de la tranquilidad de sus aguas. El kilómetro y medio de extensión que tiene esta playa está repleto de bares. Una contra: como no es muy amplia, es normal que la gente esté un poco apretada mientras disfruta del sol y del mar. Pero no importa: con los morros y el sol asomándose en el horizonte, el entorno devuelve una belleza hipnótica.

Azeda y Azedinha

Finalmente, Azeda y Azedinha son dos de las playas más lindas (y pequeñas) de Buzios. Para conseguir lugar, hay que ir muy temprano. El mejor paisaje es el que ofrecen las escaleras que guían hasta Azeda: desde allí, uno tiene una vista maravillosa de un mar tan turquesa que encandila. Las playas están separadas por un pequeño sendero de piedras, siempre ocupado por los viajeros que buscan inmortalizar ese lugar con sus fotografías. Por la tranquilidad y la ausencia de bares, es una zona muy concurrida por familias.

Agitadas y tranquilas, frías y cálidas, azules y turquesas, amplias y apretadas: Buzios es un catálogo completo con playas para todos los gustos. Sólo queda por descubrir cuál le queda mejor a cada viajero.

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