La leyenda del calafate

Los bosques patagónicos cubiertos de ñires, lengas y coihues anuncian la llegada del otoño con una explosión multicolor, las hojas de los árboles se tornan amarillas, naranjas hasta llegar al rojo intenso. Esta transformación que se repite año tras año, marcaba también el inicio de los preparativos de los antiguos Tsonekas (Tehuelches), originarios de la zona, para emigrar hacia el norte en donde el frío no era tan extremo y no faltaba la caza.

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Fue en una de esas migraciones, que Koonex, la anciana curandera de la comunidad, después de varios días de marcha, con sus piernas viejas y agotadas apenas podía avanzar, pero tampoco podía detener la marcha de su gente. Entonces, las mujeres le confeccionaron un kau (toldo con pieles de guanaco), juntaron abundante leña y alimentos y se despidieron de la vieja mujer que asumía su destino y observaba con sus cansados ojos como sus seres queridos se perdían a lo lejos.

(Foto: KAU Archivo General de la nación Argentina).

Pasaron los meses, los soles, las lunas y el invierno hasta que, con los nuevos brotes, las golondrinas, los chorlos y los chingolos, llegó la primavera y también volvía con ella, la vida.

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Una bandada de aves que se posó sobre el toldo de la anciana escuchó que, desde el interior, la voz de la curandera los retaba por haberla dejado sola durante el crudo invierno. A lo que un chingolito respondió “nos fuimos porque en otoño el alimento escasea y en invierno, los árboles desnudos no nos abrigan del frío.” “Los entiendo” respondió la anciana, “por eso, desde ahora podrán quedarse, tendrán alimento en otoño y abrigo en invierno, y yo, ya no estaré sola”. De pronto, una ráfaga de viento voló los cueros del toldo y en lugar de Koonex se hallaba un arbusto espinoso, de perfumadas flores amarillas que se harían fruto en el verano y antes del otoño madurarían tomando un color morado de abundantes semillas y dulce sabor. Desde entonces algunas aves no se fueron nunca más y las que se habían ido, regresaron para probar el novedoso fruto.

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(Foto: Mario Rodriguez).

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Los Tsonekas también probaron el nuevo alimento y lo adoptaron para siempre, ya que sabían que había nacido del generoso corazón de Koonek (calafate en lengua tehuelche). Desparramaron las semillas en toda la región y, desde entonces “el que come calafates, siempre vuelve a la Patagonia.”

Calafatear: antiguamente, a falta de cáñamo, el fruto del calafate se utilizaba para sellar las juntas de las tablas de las cubiertas o del casco de los barcos que llegaban a la Patagonia. En la actualidad, a pesar de utilizarse productos sintéticos para realizar esta operación, se la sigue denominando “calafatear”.

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