La leyenda del picaflor

Cuentan los más viejos de la tribu que hace muchos, muchos años, vivían en lo que hoy conocemos como el litoral argentino, dos tribus guaraníes que se volvieron enemigas, había pasado tanto tiempo que ya ni se acordaban porque se habían peleados pero, Poty, la bella hija del cacique de uno de estos pueblos, estaba enamorada de Guanumby, un joven guerrero que pertenecía a la familia rival.

Los jóvenes mantenían su amor en secreto y solían verse al atardecer pasando el bosque cercano, bajo un sauce criollo a la orilla de un pequeño arroyo.

Un día, la hermana de Potí, que sospechaba de los habituales paseos de la joven, la siguió sigilosa hasta el monte y descubrió el secreto de los enamorados. Sin dejarse ver, regresó corriendo a contarle las novedades a su padre. Desde ese día, la joven tuvo prohibido volver a ver a Guanumby y además le ordenaron casarse de inmediato con uno de los suyos.

Sin saber nada, al atardecer del día siguiente, el muchacho cruzó el monte blanco y esperó bajo el sauce. Pero Potí nunca llegó. Ni ese día, ni el siguiente. Afligido, se acercó a la aldea enemiga, con el riesgo de ser descubierto y que lo mataran pero no pudo ver a la joven. La Luna, apenada por el inmenso dolor de Guanumby, le contó lo que había sucedido y agregó:

–Anoche he visto a Poty, no para de llorar, está desesperada porque su padre le ordenó que se case con un hombre de su tribu y ella se niega a hacerlo. Tupá (Dios supremo de los guaraníes) cuando escuchó su lamento y vio la tristeza que la embarga, se apiadó de ella y la transformó en una flor.

–¿En una flor? Preguntó el joven enamorado. ¿En qué clase de flor? ¿Dime Luna, cómo puedo encontrarla?

–¡Ojalá pudiera ayudarte amigo. No puedo decírtelo porque no lo sé! Contestó la Luna.

El muchacho, atormentado por la noticia, solicitó la ayuda de su dios:

–¡Tupá, por favor, tengo que encontrar a mi amada! Sé que en los pétalos de Poty reconoceré el sabor de sus besos. ¡Ayúdame a encontrarla!

De pronto, el cuerpo de Guanumby fue disminuyendo cada vez más, hasta hacerse muy pequeño y convertirse en un ágil pajarito de muchos colores, que rápidamente salió volando. Era un picaflor.

Desde entonces, el joven enamorado pasa sus días recorriendo las ramas floridas y besa fugazmente los labios de las flores, buscando a una, sólo a una.

Cuentan los viejos más viejos de la tribu, que todavía no la ha encontrado.

(Foto: Robert Woeger/ Unsplash).

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